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Vivimos en un mundo de límites y
limitaciones personales. Los limites
son buenos cuando son para el bien
físico y espiritual de uno como para
los demás. Tenemos limitaciones
físicas y naturales que nos dicen
hasta donde podemos llegar, ejemplo:
a la hora de comer cuanto podemos
comer, descansar al llegar del
trabajo porque ya no podemos
trabajar mas, el comportamiento en
la escuela, la velocidad del carro
por una zona escolar, etc. Sabemos
que si no nos limitamos nos podemos
enfermar, tener serios problemas con
los demás, arrollar a un peatón o
persona o muchas otras consecuencias
cuando no seguimos los límites que
nos impone la vida, nuestros padres,
amigos y la sociedad en que vivimos.
Los limites los pedemos llamar leyes
o regulaciones.
Nuestras vidas están reguladas a
respetar leyes existentes sino
pagaremos las consecuencias si las
violamos. También nosotros, cuando
nos están violando nuestro espacio
personal, nuestro “yo” y lo que me
“Pertenece” respondemos con
limitaciones: No me toques; de aquí
para allá no me pases; este es mi
cuarto; no me llames tanto; es mi
privacidad y muchas otras actitudes
ya bien sea de palabras que de obras
le estamos diciendo al otro “Para”
no te metas mas en mi vida, déjame
en paz, piérdete un poco, no estoy
para ti…para nadie…etc.
Como estamos acostumbrados a tantas
leyes y limitaciones, ya sean buenas
como injustas e innecesarias, estas
marcan nuestras vidas, nuestra mente
y actuamos con el cristal que se nos
han puesto ante nuestros ojos.
Pensamos que todos deben de actuar y
pensar como lo hacemos nosotros,
hasta inclusive queremos que Dios
actué igualmente, que diga lo que
nosotros pensamos que debe de decir,
que siga nuestros caprichos…etc. En
unas palabras, limitamos a Dios
también.
Hermanos y hermanas, Dios nuestro
Señor no tiene limites. El esta
fuera de lo que nos limita a
nosotros los mortales. Lo eterno no
tiene límites, no tiene fin. Dios
Padre envió a su hijo a nuestro
mundo cuando el quiso y como el
quiso que fuera. Los seres humanos
de su época y en toda época creen
que Dios como es todo Poderoso tiene
que venir y nacer como todos, rico
con poder, fama, que nos de los
puestos en su reino que queremos
nosotros, que el diga, haga y vaya
como nosotros queremos. También,
muchos limitamos a Dios en una
medalla o cruz llevada al cuello, en
una imagen o al templo solamente.
Nuestro Señor esta en todas partes,
no tiene limites, ni espacio
propio…etc.
Hermanos y hermanas, el amor sin
límites de Jesús lo llevo al Jueves
Santo, al segundo piso de la casa
donde el mismo celebro la primera
misa, institución de la Eucaristía,
donde bajo las especies de pan y de
vino nos dio su cuerpo y su sangre
como alimento y salvación. El no
esperó a darle explicaciones y
excusas a las limitaciones de
algunos de los apóstoles sino que
Jesús se arrodilló, lavó y besó los
pies de sus discípulos. Lo mismo
hizo cuando lo vinieron ha arrestar
esa noche y que luego lo torturaron,
lo condenaron a muerte y por ultimo
lo matan, muerte en una cruz.
Aprovechemos esta cuaresma y
reflexionemos sobre aquellas
limitaciones que hacen que no
crezcamos en santidad ante Dios y
nuestros hermanos. Dejemos que el
amor de Dios limpie nuestra casa
espiritual. Terminamos con este
pensamiento: No basta con llevarles
nuestras manos limpias al Señor sino
que también hay que llevárselas
llenas de obras de amor.” Bendito
sea el Señor, amen.
El no puso límites a sus verdugos y
enemigos. Ni tampoco a sus amigos
llenos de miedo y cobardía. Su
palabra era la verdad pero llena de
amor y perdón. A pesar que el estaba
limitado en la cruz, desde ese trono
redentor, supo decir “Padre
perdónalos porque no saben lo hacen.”
“En verdad te digo que hoy estarás
conmigo en el paraíso”. Su amor pasa
todos los límites que nosotros los
humanos nos imponemos a nosotros
mismos y a los demás.
Su poder es el amor sin límites.
Jesús curo a los enfermos cuando
quiso, el día que quiso y a la
persona que el quiso. No le importó
las críticas de sus adversarios,
la ley, ni aquellos que no lo
comprendían todavía. Lo mismo
ocurría cuando perdonaba los pecados
de los pecadores. Se sentó y dejó
que se acercaran las personas que
querían oírlo. No le puso obstáculos
ni limitaciones a nadie. Su ley era
y es la del amor. Más de una vez lo
dijo: “Yo no quiero inciensos, leyes,
obras o sacrificios vacíos sino
misericordia con tus semejantes.
Entonces después ve al templo a
darme culto y así estarás mostrando
el amor.
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