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Mons. Flavio Capucci, Postulatore,
"La lucha por la santidad",
Suplemento de L’Osservatore Romano,
6-X-2002
El 5 de marzo
de 1976, cuando no se había cumplido
todavía un año desde el
fallecimiento de Josemaría Escrivá
de Balaguer, Pablo VI recibió en
audiencia al primer sucesor del
Fundador del Opus Dei, Álvaro del
Portillo, y le aconsejó que
comenzara a recoger los escritos y
documentos del fundador, porque
constituían "un tesoro —dijo— que ya
no pertenece sólo al Opus Dei".
Aunque el Santo Padre le dio permiso
para hablar de esto, Mons. del
Portillo actuó como de costumbre de
forma extraordinariamente discreta,
y sólo me comentó aquella indicación
del Papa dos años después, el 2 de
febrero de 1978, al preguntarme si
estaba dispuesto a trabajar en la
futura Causa de Canonización de
Josemaría Escrivá de Balaguer.
Si he
recordado esto ahora es porque la
canonización del fundador del Opus
Dei confirma las palabras de Pablo
VI: Josemaría Escrivá de Balaguer
pertenece al tesoro de santidad de
la Iglesia; su mensaje, que goza de
la perenne novedad del Evangelio y
se dirige a todos los hombres y
mujeres del mundo, cristianos o no,
forma parte ya del patrimonio de la
Iglesia universal.
Con esta
canonización se añade un eslabón más
a la cadena de santidad que recorre
la historia entera del cristianismo;
una cadena formada por figuras que
han enriquecido y enriquecerán hasta
el fin de los tiempos el misterio de
la Iglesia con su variedad de dones
y carismas. Los 467 santos y 1.290
beatos que Juan Pablo II ha llevado
a los altares no pueden considerarse
simplemente como los representantes
de unos grupos o instituciones
concretas, o los exponentes de
determinadas opciones y
sensibilidades. La historia y el
propio misterio de la Iglesia nos
enseña que en cada uno de sus santos
late y vive toda la Iglesia
Católica, que los vivifica a todos.
Qué es la santidad
Comencé a
trabajar en esta Causa hace
veinticinco años, y pienso que
algunas cifras pueden dar una idea
elocuente del camino recorrido desde
entonces. Durante el Proceso se
celebraron casi un millar de
sesiones. Se interrogó a un centenar
de testigos de visu, es decir, a un
número muy elevado de hombres y
mujeres que trataron personalmente
al nuevo santo: a lo largo de más de
veinte años, en la mayoría de los
casos. Se investigó en 390 archivos.
Se presentó a la Santa Sede una
voluminosa Positio en cuatro tomos,
que suman en total unas seis mil
páginas. Se han recogido 120.000
testimonios, con todo tipo de
favores espirituales y materiales,
procedentes de casi noventa países.
Se han documentado de forma
exhaustiva 48 milagros.
Pero no es
éste el momento para analizar la
Causa de Canonización del fundador
del Opus Dei desde un punto de vista
técnico. Por otra parte, sólo los
especialistas y los conocedores del
desarrollo habitual de las Causas
están en condiciones de calibrar
adecuadamente el alcance de unas
cifras de semejante magnitud. Mi
reflexión se dirige hacia otro
punto.
Toda Causa de
Canonización supone un estudio, bien
fundamentado desde el punto de vista
crítico y jurídico, que intenta
responder a estos interrogantes:
¿existen pruebas válidas para
proclamar la santidad de un
determinado Siervo de Dios sin
sombra de duda alguna? ¿Cuenta la
autoridad competente, a partir de
ese estudio, con la certeza
necesaria para proponer su
canonización al Papa sin reservas de
ningún tipo? Porque la decisión
final, como es bien sabido,
corresponde exclusivamente al Santo
Padre.
Llegados a
este punto, hay que recordar que
todas las Causas de Canonización
plantean de forma viva lo que podría
denominarse la paradoja de la
santidad. Con mayor motivo la Causa
sobre Josemaría Escrivá de Balaguer,
que proclamó desde los años treinta,
con una fuerza inusitada, la llamada
universal a la santidad, el mensaje
de que el trabajo, la vida de
familia y las relaciones sociales
son caminos de santidad.
La santidad
—recuerda Josemaría Escrivá de
Balaguer— es para todos y no sólo
para unos cuantos privilegiados: no
consiste en realizar unas gestas
extraordinarias, sino en cumplir con
amor los pequeños deberes de cada
día. ¿Quieres de verdad ser santo?
—se lee en Camino—. Cumple el
pequeño deber de cada momento: haz
lo que debes y está en lo que
haces." Y añade en el punto 817: La
santidad "grande" está en cumplir
los "deberes pequeños" de cada
instante.
La santidad es
asequible a todos, porque todos
estamos llamados a la santidad. El
Concilio Vaticano II proclamó
solemnemente esta verdad, confirmada
luego por el alto número de personas
que Juan Pablo II ha llevado a los
altares. Esto no significa, en modo
alguno, un abaratamiento de la
santidad. La Congregación para la
Causa de los Santos sigue exigiendo
hoy en día, como condición
indispensable, la heroicidad en el
ejercicio de las virtudes
cristianas: es decir, hay que seguir
demostrando que los futuros santos
vivieron heroicamente la virtud de
la caridad, de la justicia, de la
pobreza, de la humildad, etc.
Se plantea de
nuevo la paradoja: todos los hombres
están llamados al heroísmo, porque
todos están llamados a la santidad;
pero, de hecho, no todos llegan a
alcanzar ese heroísmo en su vida. La
santidad requiere una lucha que es
asequible y hacedera; pero al mismo
tiempo, titánica. Esos 467 santos y
esos 1290 beatos que han llegado a
los altares durante este Pontificado
nos confirman con su ejemplo que
cada uno de nosotros puede llegar a
la plenitud de la vida cristiana...
si pone la decisión, el empeño, la
determinada determinación de que
hablaba Santa Teresa.
La idea
principal que he sacado después de
tantos años de trabajo en esta Causa
es que Josemaría Escrivá de
Balaguer, el santo de la vida
cotidiana, fue un sacerdote que
luchó con esa determinada
determinación por identificarse con
Cristo y con la voluntad de Dios
durante todos los días de su vida.
Eso le supuso un esfuerzo
inenarrable y una lucha constante y
ardua, que se fue haciendo cada vez
más exigente y costosa a medida que
se iba acercando a la meta.
Santidad y lucha
En ocasiones,
el deseo de mostrar la vida
espiritual del cristiano de un modo
amable a las personas alejadas de la
fe puede conllevar el riesgo de
acabar deformándola. Y hay que
decirlo con todas sus letras: la
vida cristiana está indisolublemente
unida a realidades fuertes como la
conversión, la contrición, la
penitencia y la mortificación.
Durante años
he tenido que responder a las
preguntas de personas que se
escandalizaban al saber el fundador
del Opus Dei recomendaba la práctica
de la mortificación cristiana. Les
parecía una especie de residuo
medieval, algo que afortunadamente
la sensibilidad contemporánea ya ha
logrado superar. Pero eso no es
cierto: la Cruz no puede eliminarse,
no puede ser arrancada del horizonte
del cristiano. El amor por la
humanidad es un amor redentor que
pasa necesariamente a través del
sacrificio. Por eso, la santidad
cristiana sigue siendo sinónimo de
lucha ascética: La santidad está en
la lucha, en saber que tenemos
defectos y en tratar heroicamente de
evitarlos. La santidad —insisto—
está en superar esos defectos...,
pero nos moriremos con defectos: si
no (...) seríamos unos soberbios.
(Forja, n. 312)
La conclusión
obligada, que avala la experiencia
cotidiana, es que somos unos seres
limitados y que toda nuestra vida
deberemos luchar en los mismos
frentes, procurando evitar la
tentación pelagiana de confiar sólo
en nuestras propias fuerzas, porque
sin la ayuda de la gracia no podemos
nada: La santidad se alcanza con el
auxilio del Espíritu Santo —que
viene a inhabitar en nuestras
almas—, mediante la gracia que se
nos concede en los sacramentos, y
con una lucha ascética constante.
Hijo mío, no nos hagamos ilusiones:
tú y yo —no me cansaré de repetirlo—
tendremos que pelear siempre,
siempre, hasta el final de nuestra
vida (n. 429).
Ningún
cristiano puede alcanzar la santidad
sin esfuerzo, sin esta lucha de amor
que va acompañada siempre por la
alegría, porque, como recordaba
Josemaría Escrivá de Balaguer, tener
la Cruz, es tener la alegría: ¡es
tenerte a Ti, Señor! (n. 766). |