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Desde un punto de vista existencial,
en el concepto de santidad se
entrelazan algunas nociones
fundamentales de la antropología
cristiana, como la conversión
continua, la vida como prueba, el
tiempo como ámbito de la llamada de
Dios y la respuesta del hombre, y,
en palabras de Josemaría Escrivá de
Balaguer, el continuo comenzar... y
recomenzar (Camino, 292).
Desde esta
perspectiva se justifica plenamente
la identidad santidad-heroísmo. Así
es como se entiende en la
Congregación para las Causas de los
Santos. Un heroísmo entendido como
constancia, como empeño sin
desfallecimientos ni altibajos. La
búsqueda de la santidad supone, por
tanto, una respuesta siempre
positiva a los requerimientos
divinos, ocultos en los sucesos
aparentemente más intrascendentes de
cada jornada.
Sería absurdo
pretender que a esos requerimientos
de Dios los santos den siempre la
respuesta más difícil. Lo que se le
pide al santo es que dé su mejor
respuesta, según sus propias
capacidades en cada momento
concreto. Es algo parecido a la
cuerda de una guitarra, que debe
estar tensada al máximo para dar la
nota adecuada. La vocación
cristiana, que es una llamada a la
santidad (¿cuándo acabaremos de
entender que santidad es sinónimo de
salvación?), lleva sencillamente a
evitar cualquier tipo de reserva, de
tibieza, de falta de entrega.
Buscar a Dios
Otro punto
importante: para ser santo no hacer
falta ser un genio ni un
superhombre; pero es necesario
actuar siempre con coherencia; es
decir: con una voluntad enteramente
orientada hacia Dios. Para ser santo
hay que detestar el pecado con todas
las fuerzas del corazón, porque el
peor enemigo de la santidad son las
omisiones, la tibieza y la falta de
amor.
Se comprende,
desde esta perspectiva, la
importancia de las cualidades
humanas en la lucha por la santidad,
que es totalmente incompatible con
la mediocridad. La santidad no es un
simple resultado del esfuerzo o la
tenacidad. No depende de poseer o no
una gran musculatura interior. Es
cuestión de amor. Pero es evidente
que sin un carácter fuerte y
decidido, capaz de levantarse una y
otra vez, la santidad se convierte
en una ilusión, en una quimera. Vale
la pena meditar estas palabras de
Josemaría Escrivá de Balaguer:
Acostúmbrate a decir que no (Camino,
n. 5). No me seas flojo, blando. —Ya
es hora de que rechaces esa extraña
compasión que sientes de ti mismo.
(n. 193)
Capaz de
levantarse una y otra vez, he dicho,
porque la santidad es compatible con
todos los errores e imperfecciones.
Se comprende que la peor tentación
contra la santidad sea —desde este
punto de vista— la desesperanza: No
me olvidéis que santo no es el que
no cae, sino el que siempre se
levanta, con humildad y con santa
tozudez. (Amigos de Dios, 131). En
este torneo de amor no deben
entristecernos las caídas, ni aun
las caídas graves, si acudimos a
Dios con dolor y buen propósito en
el sacramento de la Penitencia. El
cristiano no es un maníaco
coleccionista de una hoja de
servicios inmaculada. Jesucristo
Nuestro Señor se conmueve tanto con
la inocencia y la fidelidad de Juan
y, después de la caída de Pedro, se
enternece con su arrepentimiento (
Es Cristo que pasa, 75).
El santo,
cuando se equivoca, no desespera:
retorna, contrito, a la lucha.
Confía en la infinita capacidad de
perdón de Dios, aunque no abusa de
ella, porque el temor filial le
lleva a poner los medios para
agradar a Dios con todas las veras
de su corazón.
La santidad se
convierte de este modo en un diálogo
vital con Dios, en una conversación
de un hijo con su Padre Dios en la
que va respondiendo a sus continuas
llamadas de amor. Esta concepción
está en plena sintonía con la
tradición, que define la santidad
como un esfuerzo por cumplir la
voluntad de Dios del mejor modo
posible. En este sentido, siempre me
ha impresionado el punto 774 de
Camino: Escalones: Resignarse con la
Voluntad de Dios: Conformarse con la
Voluntad de Dios: Querer la Voluntad
de Dios: Amar la Voluntad de Dios.
Josemaría
Escrivá de Balaguer recorrió este
camino —resignarse, conformarse,
querer, amar— hasta el final, hasta
el pleno abandono en la Voluntad de
Dios, que es mucho más que una
resignación pasiva. Es un amor
sincero a todo lo que Dios quiere:
Jesús, lo que tú "quieras"... yo lo
amo (Camino, 773).
Este abandono
constituye, en mi opinión, la cima
del heroísmo cristiano en los santos
a los que el Señor ha confiado una
misión con un particular relieve
eclesial. Pienso que la estrategia
de santidad que Dios siguió con el
Fundador del Opus Dei fue
particularmente dura y exigente. La
Cruz estuvo presente en cada una de
las jornadas de su vida, y se fue
haciendo, con el paso de los días,
más pesada y dolorosa.
Existe un
cierto tipo de literatura
hagiográfica que tiende a magnificar
de forma desmesurada las figuras de
los santos, agigantándolos
exageradamente. Lo que acabo de
decir sobre los obstáculos que deben
superar los santos no va en esa
línea. Los santos son personas
imitables: si los alejáramos
excesivamente de nosotros dejarían
de ser hombres y mujeres ejemplares
para convertirse en seres
inalcanzables. La santidad supone
lucha; pero es una lucha asequible,
porque todos somos merecedores de
los méritos infinitos de Cristo, que
recibimos mediante los sacramentos.
La intercesión de la Virgen para
cada uno de nosotros constituye
nuestra esperanza: Ella es la
omnipotencia suplicante.
Del mismo
modo, in Ecclesia, recibimos la
gracia divina por medio de la
intercesión de los santos: ellos,
que tanto padecieron durante su vida
por nosotros, no se olvidarán de
nosotros.
A la
intercesión de Josemaría Escrivá de
Balaguer acudo ahora, para que nos
ayude desde el Cielo a emprender con
alegría nuestra lucha por la
santidad en la vida cotidiana. |