
Una vez un campesino le regaló a
su amigo de la ciudad dos
pichones de paloma. El amigo de
la ciudad tenía su casa con
algunos árboles en su patio y
quería tener un palomar. Quería
que sus palomas volaran
alrededor de su casa.
Pues bien, el las crió dentro de
la casa y cuando llegó la hora
de enseñarles a volar, una vez
adultas, las puso a las dos en
la rama de uno de los árboles
cerca de la casa y entonces
comenzó el proceso de
amaestrarlas. Una de ellas
levantó vuelo a los pocos días
hasta el próximo árbol y
regresaba buscando comida y agua
que el dueño había puesto en un
sitio del patio. A los pocos
días la paloma giraba alrededor
del patio y casi todo el
vecindario.
Pero, algo pasaba con la segunda
paloma, pues no se movía de la
rama donde se había puesto al
principio. El hombre se cansó de
tanto intentar, hizo todo lo
posible para que esta levantara
vuelo como la primera—en vano.
Así que decidió irse al campo
donde vivía su amigo el
campesino y le cuenta lo que
estaba sucediendo. El campesino
se va con el a la ciudad, y
efectivamente, la paloma seguía
aferrada a la rama, con tanta
fuerza que no se podía
desprender. Hubo que ponerle la
comida y el agua en la rama para
que se alimentara.
El dueño de la casa entró un
momento a la casa, y cuando
regresó al patio vio que las dos
palomas estaban volando
alrededor del patio, y le
pregunta al campesino ¿qué
hiciste para que volara la
paloma? Pues simplemente le
corte la rama al árbol donde
estaba y esta, al verse sin
donde agarrarse, se dio cuenta
que tenía alas y salió volando.
Pues si mis queridos hermanos y
hermanas en el Señor, eso
también nos pasa muy a menudo a
nosotros: nos aferramos tanto a
las cosas de este mundo, a las
cosas perecederas y temporales,
que para soltarlas nos tienen
que dar candela como el dicho
ese popular que dice: “Hay que
darle candela como al macao,
para que suelte.”
Esto ocurre también en lo
espiritual. El corazón y la
mente del ser humano se aferra a
vivir sin Dios y sus mandatos en
un mundo de pecado que no sabe
cómo salir de el. Vive infeliz y
con falta de fe. La vida a veces
nos pone en situaciones, las
cuales Dios permite, para que
nos liberemos del mal camino que
llevamos y volvamos con corazón
y mente hacia lo alto buscando a
nuestro Creador y Señor para que
nos libere.
Jesucristo logró eso y le dejó a
sus apóstoles, y por ende a
nosotros mismos, la capacidad de
poder liberarnos de las ataduras
del pecado y estos a sus
sucesores hasta el día de hoy.
Libérate y pide la ayuda al todo
misericordioso y seas contado
entre los Hijos e Hijas del
Altísimo. Amen
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