Por SS Juan Pablo II, 8 de marzo,
1989
En la Carta de San Pablo a los
Corintios, recordada ya varias
veces a lo largo de estas
catequesis sobre la resurrección
de Cristo, leemos estas palabras
del Apóstol: 'Sino resucitó
Cristo, vacía es nuestra
predicación, vacía es también
vuestra fe' (1 Cor 15, 14).
Evidentemente, San Pablo ve en
la resurrección el fundamento de
la fe cristiana y casi la clave
de bóveda de todo el edificio de
doctrina y de vida levantado
sobre la revelación, en cuanto
confirmación definitiva de todo
el conjunto de la verdad que
Cristo ha traído. Por esto, toda
la predicación de la Iglesia,
desde los tiempos apostólicos, a
través de los siglos y de todas
las generaciones, hasta hoy, se
refiere a la resurrección y saca
de ella la fuerza impulsora y
persuasiva, así como su vigor.
Es fácil comprender el porqué.
La resurrección constituía en primer
lugar la confirmación de todo lo que
Cristo mismo había ú hecho y
enseñado'. Era el sello divino
puesto sobre sus palabras y sobre su
vida. El mismo había indicado a los
discípulos y adversarios este signo
definitivo de su verdad. El ángel
del sepulcro lo recordó a las
mujeres la mañana del 'primer día
después del sábado': 'Ha resucitado,
como lo había dicho' (Mt 28, 6). Si
esta palabra y promesa suya se
reveló como verdad también todas sus
demás palabras y promesas poseen la
potencia de la verdad que no pasa,
como El mismo había proclamado: 'El
cielo y la tierra pasarán, pero mis
palabras no pasará' (Mt 24, 35; Mc
13, 31; Lc 21, 33). Nadie habría
podido imaginar ni pretender una
prueba más autorizada, más fuerte,
más decisiva que la resurrección de
entre los muertos. Todas las
verdades, también las más
inaccesibles para la mente humana,
encuentran, sin embargo, su
justificación, incluso en el ámbito
de la razón, si Cristo resucitado ha
dado la prueba definitiva, prometida
por El, de su autoridad divina.
Así, la resurrección confirma la
verdad de su misma divinidad.
Jesús había dicho: 'Cuando
hayáis levantado (sobre la cruz)
al Hijo del hombre, entonces
sabréis que Yo soy' (Jn 8, 28).
Los que escucharon estas
palabras querían lapidar a Jesús,
puesto que 'YO SOY' era para los
hebreos el equivalente del
nombre inefable de Dios. De
hecho, al pedir a Pilato su
condena a muerte presentaron
como acusación principal la de
haberse 'hecho Hijo de Dios' (Jn
19, 7). Por esta misma razón lo
habían condenado en el Sanedrín
como reo de blasfemia después de
haber declarado que era el
Cristo, el Hijo de Dios, tras el
interrogatorio del sumo
sacerdote (Mt 26, 63-65; Mc 14,
62; Lc 22, 70): es decir, no
sólo el Mesías terreno como era
concebido y esperado por la
tradición judía, sino el Mesías
Señor anunciado por el Salmo
109/110 (Cfr. Mt 22, 41 ss.), el
personaje misterioso vislumbrado
por Daniel (7, 13-14). Esta era
la gran blasfemia, la imputación
para la condena a muerte: ¡el
haberse proclamado Hijo de Dios!
Y ahora su resurrección
confirmaba la veracidad de su
identidad divina y legitimaba la
atribución hecha a Si mismo,
antes de la Pascua, del 'nombre'
de Dios: 'En verdad, en verdad
os digo: antes de que Abrahán
existiera, Yo soy' (Jn 8, 58).
Para los judíos ésa era una
pretensión que merecía la
lapidación (Cfr. Lv 24, 16), y,
en efecto, 'tomaron piedras para
tirárselas; pero Jesús se ocultó
y salió del templo' (Jn 8, 59).
Pero si entonces no pudieron
lapidarlo, posteriormente
lograron 'levantarlo' sobre la
cruz: la resurrección del
Crucificado demostraba, sin
embargo, que El era
verdaderamente Yo soy, el Hijo
de Dios.
En realidad, Jesús aun
llamándose a Sí mismo Hijo del
hombre, no sólo había confirmado
ser el verdadero Hijo de Dios,
sino que en el Cenáculo, antes
de la pasión, había pedido al
Padre que revelara que el Cristo
Hijo del hombre era su Hijo
eterno: 'Padre, ha llegado la
hora; glorifica a tu Hijo para
que el Hijo te glorifique' (Jn
17, 1). '... Glorifícame tú,
junto a ti, con la gloria que
tenía a tu lado antes que el
mundo fuese' (Jn 17, 5). Y el
misterio pascual fue la escucha
de esta petición, la
confirmación de la filiación
divina de Cristo, y más aún, su
glorificación con esa gloria que
'tenia junto al Padre antes de
que el mundo existiera': la
gloria del Hijo de Dios.
En el periodo prepascual Jesús,
según el Evangelio de Juan,
aludió varias veces a esta
gloria futura, que se
manifestaría en su muerte y
resurrección. Los discípulos
comprendieron el significado de
esas palabras suyas sólo cuando
sucedió el hecho.
Así, leemos que durante la
primera pascua pasada en
Jerusalén, tras haber arrojado
del templo a los mercaderes y
cambistas, Jesús respondió a los
judíos que le pedían un 'signo'
del poder por el que obraba de
esa forma: 'Destruid este
Santuario y en tres días lo
levantaré... El hablaba del
Santuario de su cuerpo. Cuando
resucitó, pues, de entre los
muertos, se acordaron sus
discípulos de que había dicho
eso, y creyeron en la Escritura
y en las palabras que había
dicho Jesús' (Jn 2,19-22).
También la respuesta dada por
Jesús a los mensajeros de las
hermanas de Lázaro, que le
pedían que fuera a visitar al
hermano enfermo, hacia
referencia a los acontecimientos
pascuales: 'Esta enfermedad no
es de muerte, es para la gloria
de Dios, para que el Hijo de
Dios sea glorificado por ella' (Jn
11 , 4).
No era sólo la gloria que podía
reportarle el milagro, tanto
menos cuanto que provocaría su
muerte (Cfr. Jn 11, 46)54); sino
que su verdadera glorificación
vendría precisamente de su
elevación sobre la cruz (Cfr. Jn
12,32). Los discípulos
comprendieron bien todo esto
después de la resurrección.
Particularmente interesante es
la doctrina de San Pablo sobre
el valor de la resurrección como
elemento determinante de su
concepción cristológica,
vinculada también a su
experiencia personal del
Resucitado. Así, al comienzo de
la Carta a los Romanos se
presenta: 'Pablo, siervo de
Cristo Jesús, apóstol por
vocación, escogido para el
Evangelio de Dios, que había ya
prometido por medio de sus
profetas en las Escrituras
Sagradas, acerca de su Hijo,
nacido del linaje de David según
la carne, constituido Hijo de
Dios con poder, según el
Espíritu de santidad, por su
resurrección de entre los
muertos; Jesucristo, Señor
nuestro' (Rom 1, 1-4).
Esto significa que desde el
primer momento de su concepción
humana y de su nacimiento (de la
estirpe de David), Jesús era el
Hijo eterno de Dios, que se hizo
Hijo del hombre. Pero, en la
resurrección, esa filiación
divina se manifestó en toda su
plenitud con el poder de Dios
que, por obra del Espíritu
Santo, devolvió la vida a Jesús
(Cfr. Rom 8, 11) y lo constituyó
en el estado glorioso de 'Kyrios'
(Cfr. Flp 2, 9-11; Rom 14, 9;
Hech 2, 36), de modo que Jesús
merece por un nuevo titulo
mesiánico el reconocimiento, el
culto, la gloria del nombre
eterno de Hijo de Dios (Cfr.
Hech 13, 33; Hb 1,1-5; 5, 5).
Pablo había expuesto esta misma
doctrina en la sinagoga de
Antioquía de Pisidia, en sábado,
cuando, invitado por los
responsables de la misma, tomó
la palabra para anunciar que en
el culmen de la economía de la
salvación realizada en la
historia de Israel entre luces y
sombras, Dios había resucitado
de entre los muertos a Jesús, el
cual se había aparecido durante
muchos días a los que habían
subido con El desde Galilea a
Jerusalén, los cuales eran ahora
sus testigos ante el pueblo. 'También
nosotros (concluía el Apóstol)
os anunciamos la Buena Nueva de
que la Promesa hecha a los
padres Dios la ha cumplido en
nosotros, los hijos, al
resucitar a Jesús, como está
escrito en los salmos: Hijo mío
eres tú; yo te he engendrado hoy'
(Hech 13, 32-33; Cfr. Sal 2,
7).
Para Pablo hay una especie de
ósmosis conceptual entre la
gloria de la resurrección de
Cristo y la eterna filiación
divina de Cristo, que se revela
plenamente en esta conclusión
victoriosa de su misión
mesiánica.
En esta gloria del 'Kyrios' se
manifiesta ese poder del
Resucitado (Hombre-Dios), que
Pablo conoció por experiencia en
el momento de su conversión en
el camino de Damasco al sentirse
llamado a ser Apóstol (aunque no
uno de los Doce), por ser
testigo ocular del Cristo vivo,
y recibió de El la fuerza para
afrontar todos los trabajos y
soportar todos los sufrimientos
de su misión. El espíritu de
Pablo quedó tan marcado por esa
experiencia, que en su doctrina
y en su testimonio antepone la
idea del poder del Resucitado a
la de participación en los
sufrimientos de Cristo, que
también le era grata: Lo que se
había realizado en su
experiencia personal también lo
proponía a los fieles como una
regla de pensamiento y una norma
de vida: 'Juzgo que todo es
pérdida ante la sublimidad del
conocimiento de Cristo Jesús, mi
Señor... para ganar a Cristo y
ser hallado en él... y conocerle
a él el poder de su resurrección
y la comunión en sus
padecimientos hasta hacerme
semejante a él en su muerte,
tratando de llegar a la
resurrección de entre los
muertos' (Flp 3, 8-11). Y
entonces su pensamiento se
dirige a la experiencia del
camino de Damasco: '... Habiendo
sido yo mismo alcanzado por
Cristo Jesús' (Flp 3, 12).
Así pues, los textos referidos
dejan claro que la resurrección
de Cristo está estrechamente
unida con el misterio de la
encarnación del Hijo de Dios: es
su cumplimiento, según el eterno
designio de Dios. Más aún, es la
coronación suprema de todo lo
que Jesús manifestó y realizó en
toda su vida, desde el
nacimiento a la pasión y muerte,
con sus obras, prodigios,
magisterio, ejemplo de una vida
perfecta, y sobre todo con su
transfiguración. El nunca reveló
de modo directo la gloria que
había recibido del Padre 'antes
que el mundo fuese' (Jn 17, 5),
sino que ocultaba esta gloria
con su humanidad, hasta que se
despojó definitivamente (Cfr.
Flp 2, 7-8) con la muerte en
cruz.
En la resurrección se reveló el
hecho de que 'en Cristo reside
toda la plenitud de la Divinidad
corporalmente' (Col 2, 9; cfr.
1, 19). Así, la resurrección 'completa'
la manifestación del contenido
de la Encarnación. Por eso
podemos decir que es también la
plenitud de la Revelación. Por
tanto, como hemos dicho, ella
está en el centro de la fe
cristiana y de la predicación de
la Iglesia.
http://www.corazones.org/jesus/resurreccion/resureccion_culmen_revelacion.htm |