| La lucha por la santidad (1era Parte) |
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| Written by Mons. Flavio Capucci | |
| Wednesday, 29 November 2006 | |
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Mons. Flavio Capucci, Postulatore, "La lucha por la santidad", Suplemento de L’Osservatore Romano, 6-X-2002 El 5 de marzo de 1976, cuando no se había cumplido todavía un año desde el fallecimiento de Josemaría Escrivá de Balaguer, Pablo VI recibió en audiencia al primer sucesor del Fundador del Opus Dei, Álvaro del Portillo, y le aconsejó que comenzara a recoger los escritos y documentos del fundador, porque constituían "un tesoro —dijo— que ya no pertenece sólo al Opus Dei". Aunque el Santo Padre le dio permiso para hablar de esto, Mons. del Portillo actuó como de costumbre de forma extraordinariamente discreta, y sólo me comentó aquella indicación del Papa dos años después, el 2 de febrero de 1978, al preguntarme si estaba dispuesto a trabajar en la futura Causa de Canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer. Si he recordado esto ahora es porque la canonización del fundador del Opus Dei confirma las palabras de Pablo VI: Josemaría Escrivá de Balaguer pertenece al tesoro de santidad de la Iglesia; su mensaje, que goza de la perenne novedad del Evangelio y se dirige a todos los hombres y mujeres del mundo, cristianos o no, forma parte ya del patrimonio de la Iglesia universal. Con esta canonización se añade un eslabón más a la cadena de santidad que recorre la historia entera del cristianismo; una cadena formada por figuras que han enriquecido y enriquecerán hasta el fin de los tiempos el misterio de la Iglesia con su variedad de dones y carismas. Los 467 santos y 1.290 beatos que Juan Pablo II ha llevado a los altares no pueden considerarse simplemente como los representantes de unos grupos o instituciones concretas, o los exponentes de determinadas opciones y sensibilidades. La historia y el propio misterio de la Iglesia nos enseña que en cada uno de sus santos late y vive toda la Iglesia Católica, que los vivifica a todos. Qué es la santidad Comencé a trabajar en esta Causa hace veinticinco años, y pienso que algunas cifras pueden dar una idea elocuente del camino recorrido desde entonces. Durante el Proceso se celebraron casi un millar de sesiones. Se interrogó a un centenar de testigos de visu, es decir, a un número muy elevado de hombres y mujeres que trataron personalmente al nuevo santo: a lo largo de más de veinte años, en la mayoría de los casos. Se investigó en 390 archivos. Se presentó a la Santa Sede una voluminosa Positio en cuatro tomos, que suman en total unas seis mil páginas. Se han recogido 120.000 testimonios, con todo tipo de favores espirituales y materiales, procedentes de casi noventa países. Se han documentado de forma exhaustiva 48 milagros. Pero no es éste el momento para analizar la Causa de Canonización del fundador del Opus Dei desde un punto de vista técnico. Por otra parte, sólo los especialistas y los conocedores del desarrollo habitual de las Causas están en condiciones de calibrar adecuadamente el alcance de unas cifras de semejante magnitud. Mi reflexión se dirige hacia otro punto. Toda Causa de Canonización supone un estudio, bien fundamentado desde el punto de vista crítico y jurídico, que intenta responder a estos interrogantes: ¿existen pruebas válidas para proclamar la santidad de un determinado Siervo de Dios sin sombra de duda alguna? ¿Cuenta la autoridad competente, a partir de ese estudio, con la certeza necesaria para proponer su canonización al Papa sin reservas de ningún tipo? Porque la decisión final, como es bien sabido, corresponde exclusivamente al Santo Padre. Llegados a este punto, hay que recordar que todas las Causas de Canonización plantean de forma viva lo que podría denominarse la paradoja de la santidad. Con mayor motivo la Causa sobre Josemaría Escrivá de Balaguer, que proclamó desde los años treinta, con una fuerza inusitada, la llamada universal a la santidad, el mensaje de que el trabajo, la vida de familia y las relaciones sociales son caminos de santidad. La santidad —recuerda Josemaría Escrivá de Balaguer— es para todos y no sólo para unos cuantos privilegiados: no consiste en realizar unas gestas extraordinarias, sino en cumplir con amor los pequeños deberes de cada día. ¿Quieres de verdad ser santo? —se lee en Camino—. Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces." Y añade en el punto 817: La santidad "grande" está en cumplir los "deberes pequeños" de cada instante. La santidad es asequible a todos, porque todos estamos llamados a la santidad. El Concilio Vaticano II proclamó solemnemente esta verdad, confirmada luego por el alto número de personas que Juan Pablo II ha llevado a los altares. Esto no significa, en modo alguno, un abaratamiento de la santidad. La Congregación para la Causa de los Santos sigue exigiendo hoy en día, como condición indispensable, la heroicidad en el ejercicio de las virtudes cristianas: es decir, hay que seguir demostrando que los futuros santos vivieron heroicamente la virtud de la caridad, de la justicia, de la pobreza, de la humildad, etc. Se plantea de nuevo la paradoja: todos los hombres están llamados al heroísmo, porque todos están llamados a la santidad; pero, de hecho, no todos llegan a alcanzar ese heroísmo en su vida. La santidad requiere una lucha que es asequible y hacedera; pero al mismo tiempo, titánica. Esos 467 santos y esos 1290 beatos que han llegado a los altares durante este Pontificado nos confirman con su ejemplo que cada uno de nosotros puede llegar a la plenitud de la vida cristiana... si pone la decisión, el empeño, la determinada determinación de que hablaba Santa Teresa. La idea principal que he sacado después de tantos años de trabajo en esta Causa es que Josemaría Escrivá de Balaguer, el santo de la vida cotidiana, fue un sacerdote que luchó con esa determinada determinación por identificarse con Cristo y con la voluntad de Dios durante todos los días de su vida. Eso le supuso un esfuerzo inenarrable y una lucha constante y ardua, que se fue haciendo cada vez más exigente y costosa a medida que se iba acercando a la meta. Santidad y lucha En ocasiones, el deseo de mostrar la vida espiritual del cristiano de un modo amable a las personas alejadas de la fe puede conllevar el riesgo de acabar deformándola. Y hay que decirlo con todas sus letras: la vida cristiana está indisolublemente unida a realidades fuertes como la conversión, la contrición, la penitencia y la mortificación. Durante años he tenido que responder a las preguntas de personas que se escandalizaban al saber el fundador del Opus Dei recomendaba la práctica de la mortificación cristiana. Les parecía una especie de residuo medieval, algo que afortunadamente la sensibilidad contemporánea ya ha logrado superar. Pero eso no es cierto: la Cruz no puede eliminarse, no puede ser arrancada del horizonte del cristiano. El amor por la humanidad es un amor redentor que pasa necesariamente a través del sacrificio. Por eso, la santidad cristiana sigue siendo sinónimo de lucha ascética: La santidad está en la lucha, en saber que tenemos defectos y en tratar heroicamente de evitarlos. La santidad —insisto— está en superar esos defectos..., pero nos moriremos con defectos: si no (...) seríamos unos soberbios. (Forja, n. 312) La conclusión obligada, que avala la experiencia cotidiana, es que somos unos seres limitados y que toda nuestra vida deberemos luchar en los mismos frentes, procurando evitar la tentación pelagiana de confiar sólo en nuestras propias fuerzas, porque sin la ayuda de la gracia no podemos nada: La santidad se alcanza con el auxilio del Espíritu Santo —que viene a inhabitar en nuestras almas—, mediante la gracia que se nos concede en los sacramentos, y con una lucha ascética constante. Hijo mío, no nos hagamos ilusiones: tú y yo —no me cansaré de repetirlo— tendremos que pelear siempre, siempre, hasta el final de nuestra vida (n. 429). Ningún cristiano puede alcanzar la santidad sin esfuerzo, sin esta lucha de amor que va acompañada siempre por la alegría, porque, como recordaba Josemaría Escrivá de Balaguer, tener la Cruz, es tener la alegría: ¡es tenerte a Ti, Señor! (n. 766). |
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