| El concepto de santidad cristiana (2nd Parte) |
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| Written by Mons. Flavio Capucci | |
| Wednesday, 29 November 2006 | |
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Desde un punto de vista existencial, en el concepto de santidad se entrelazan algunas nociones fundamentales de la antropología cristiana, como la conversión continua, la vida como prueba, el tiempo como ámbito de la llamada de Dios y la respuesta del hombre, y, en palabras de Josemaría Escrivá de Balaguer, el continuo comenzar... y recomenzar (Camino, 292). Desde esta perspectiva se justifica plenamente la identidad santidad-heroísmo. Así es como se entiende en la Congregación para las Causas de los Santos. Un heroísmo entendido como constancia, como empeño sin desfallecimientos ni altibajos. La búsqueda de la santidad supone, por tanto, una respuesta siempre positiva a los requerimientos divinos, ocultos en los sucesos aparentemente más intrascendentes de cada jornada.
Sería absurdo pretender que a esos requerimientos de Dios los santos den siempre la respuesta más difícil. Lo que se le pide al santo es que dé su mejor respuesta, según sus propias capacidades en cada momento concreto. Es algo parecido a la cuerda de una guitarra, que debe estar tensada al máximo para dar la nota adecuada. La vocación cristiana, que es una llamada a la santidad (¿cuándo acabaremos de entender que santidad es sinónimo de salvación?), lleva sencillamente a evitar cualquier tipo de reserva, de tibieza, de falta de entrega. Buscar a Dios Otro punto importante: para ser santo no hacer falta ser un genio ni un superhombre; pero es necesario actuar siempre con coherencia; es decir: con una voluntad enteramente orientada hacia Dios. Para ser santo hay que detestar el pecado con todas las fuerzas del corazón, porque el peor enemigo de la santidad son las omisiones, la tibieza y la falta de amor. Se comprende, desde esta perspectiva, la importancia de las cualidades humanas en la lucha por la santidad, que es totalmente incompatible con la mediocridad. La santidad no es un simple resultado del esfuerzo o la tenacidad. No depende de poseer o no una gran musculatura interior. Es cuestión de amor. Pero es evidente que sin un carácter fuerte y decidido, capaz de levantarse una y otra vez, la santidad se convierte en una ilusión, en una quimera. Vale la pena meditar estas palabras de Josemaría Escrivá de Balaguer: Acostúmbrate a decir que no (Camino, n. 5). No me seas flojo, blando. —Ya es hora de que rechaces esa extraña compasión que sientes de ti mismo. (n. 193) Capaz de levantarse una y otra vez, he dicho, porque la santidad es compatible con todos los errores e imperfecciones. Se comprende que la peor tentación contra la santidad sea —desde este punto de vista— la desesperanza: No me olvidéis que santo no es el que no cae, sino el que siempre se levanta, con humildad y con santa tozudez. (Amigos de Dios, 131). En este torneo de amor no deben entristecernos las caídas, ni aun las caídas graves, si acudimos a Dios con dolor y buen propósito en el sacramento de la Penitencia. El cristiano no es un maníaco coleccionista de una hoja de servicios inmaculada. Jesucristo Nuestro Señor se conmueve tanto con la inocencia y la fidelidad de Juan y, después de la caída de Pedro, se enternece con su arrepentimiento ( Es Cristo que pasa, 75). El santo, cuando se equivoca, no desespera: retorna, contrito, a la lucha. Confía en la infinita capacidad de perdón de Dios, aunque no abusa de ella, porque el temor filial le lleva a poner los medios para agradar a Dios con todas las veras de su corazón. La santidad se convierte de este modo en un diálogo vital con Dios, en una conversación de un hijo con su Padre Dios en la que va respondiendo a sus continuas llamadas de amor. Esta concepción está en plena sintonía con la tradición, que define la santidad como un esfuerzo por cumplir la voluntad de Dios del mejor modo posible. En este sentido, siempre me ha impresionado el punto 774 de Camino: Escalones: Resignarse con la Voluntad de Dios: Conformarse con la Voluntad de Dios: Querer la Voluntad de Dios: Amar la Voluntad de Dios. Josemaría Escrivá de Balaguer recorrió este camino —resignarse, conformarse, querer, amar— hasta el final, hasta el pleno abandono en la Voluntad de Dios, que es mucho más que una resignación pasiva. Es un amor sincero a todo lo que Dios quiere: Jesús, lo que tú "quieras"... yo lo amo (Camino, 773). Este abandono constituye, en mi opinión, la cima del heroísmo cristiano en los santos a los que el Señor ha confiado una misión con un particular relieve eclesial. Pienso que la estrategia de santidad que Dios siguió con el Fundador del Opus Dei fue particularmente dura y exigente. La Cruz estuvo presente en cada una de las jornadas de su vida, y se fue haciendo, con el paso de los días, más pesada y dolorosa. Existe un cierto tipo de literatura hagiográfica que tiende a magnificar de forma desmesurada las figuras de los santos, agigantándolos exageradamente. Lo que acabo de decir sobre los obstáculos que deben superar los santos no va en esa línea. Los santos son personas imitables: si los alejáramos excesivamente de nosotros dejarían de ser hombres y mujeres ejemplares para convertirse en seres inalcanzables. La santidad supone lucha; pero es una lucha asequible, porque todos somos merecedores de los méritos infinitos de Cristo, que recibimos mediante los sacramentos. La intercesión de la Virgen para cada uno de nosotros constituye nuestra esperanza: Ella es la omnipotencia suplicante. Del mismo modo, in Ecclesia, recibimos la gracia divina por medio de la intercesión de los santos: ellos, que tanto padecieron durante su vida por nosotros, no se olvidarán de nosotros. A la intercesión de Josemaría Escrivá de Balaguer acudo ahora, para que nos ayude desde el Cielo a emprender con alegría nuestra lucha por la santidad en la vida cotidiana. |
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