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Oasis de Gracias

Written by Carlos Coello   

Saturday, 11 November 2006


            Vivir la misa a plenitud, entender la palabra de Cristo con claridad y saberla aplicar correctamente en la vida cotidiana. Vivir para el prójimo olvidándose uno de si mismo. Servir con generosidad y gozo y ser un ejemplo vivo para tu comunidad son sin duda metas espirituales que nos proponemos todos los católicos practicantes. ¿Pero cuanto grado de realidad existe en estas metas? ¿Son acaso alcanzables estas aspiraciones espirituales en el mundo en que vivimos hoy? ¿OH son estas metas espirituales simplemente aspiraciones históricas, cosas
del tiempo de los santos como San Francisco de Asís u otros? Aunque no lo creas, estas metas si son alcanzables. Todo depende de ti.

                Para ilustrar dicha propuesta, viajemos con nuestra imaginación a un desierto. En el desierto, todo arde envuelto en brasas de vapor que reducen su vegetación y su fauna a un número pequeño de especies. Lo que mas  abunda es la hierba mala y los cactus. El agua escasea. El piso es árido y seco. Llueve muy poco. En fin, la vida es bien hostil. Sin embargo, en ciertos lugares, hay vegetación que produce buena y fresca sombra y a su vez alimenta a muchos animalitos. Esta vegetación existe gracias a las pequeñas piscinas u oasis de agua que son los que generan esa vida, color, y belleza, cancelando con elegancia y alegría la aridez del lugar. No es fácil para estos animalitos y plantas vivir en este lugar pero tampoco es imposible.

            Así sucede en el reino humano. Vivimos en un mundo árido en medio de tantas propuestas de idolatría, guerras, odio, muerte, infidelidad, subjetivismo, materialismo, falta de caridad y de justicia. Y mientras mas nos alejamos de la fuente, más árido se convierte el terreno. Parece imposible vivir cristianamente, estar verdecitos y frondosos. Pero no lo es. Si nos acercamos a la fuente, seremos como los árboles plantados cerca del río.

Regresando a la ilustración del desierto, el oasis de agua puede enseñarnos una gran lección porque a pesar de la sequía continua del desierto, muy generosamente esta piscina se convierte en el centro y eje de toda la vida en este lugar árido. Para vivir, los animalitos y las plantas necesitan del agua que ella contiene. Sin esa agua, el desierto se convertiría en un cementerio total.

Nosotros también como esos animalitos y plantas necesitamos de un agua espiritual, como la que le pidió la mujer samaritana a Cristo “…Señor, dame de esa agua…” (Juan 4:15). Tal vez, como ella pensamos que es imposible vivir fielmente al evangelio. Ella había tenido varios maridos y el actual no era su esposo (Juan 4:18). Sin embargo, ella cae en cuenta y le pide a Cristo de beber de esa agua que genera vida. Para nosotros esa agua es el cuerpo y la sangre de Cristo, agua de vida que nos sacia toda sed (Juan 6:41-51).

¿Estamos nosotros bebiendo de esa agua de vida? ¿Estamos nosotros recurriendo a la adoración eucarística?

Hermanos y hermanas, tenemos una fuente de agua cristalina y pura disponible día a día en la misa diaria y extendida 7/24 en el Santísimo. ¿Si estamos sedientos (y todos lo estamos porque siempre andamos buscando algo), por que no vamos a beber de esa fuente? ¡No sabes que esa fuente tiene un valor espiritual increíble! ¡No sabes que el recibir su cuerpo o estar en su presencia santa sana, libera, te llena de sabiduría para enfrentar problemas, te llena de amor y de fortaleza para poder vivir cristianamente en medio del desierto en que vivimos! Entonces, haz como la mujer samaritana. O imita a los discípulos de Emaus quienes dijeron: “Quédate con nosotros Señor (Lucas 24:35).”

Hermanos y hermanas, por favor, no desaprovechemos la oportunidad que brinda la misa diaria y la adoración eucarística. La eucaristía y la hora santa son los medios que necesitamos para poder sobrevivir como el cactus en el desierto. Dedica una hora de tu tiempo todas las semanas en adoración eucarística y veras grandes cambios en tu vida. Serás como “un arbol plantado junto al rio: da fruto a su tiempo y sus hojas no se marchitan...” (Salmo 1:3). También te aseguro que podrás alcanzar todas las aspiraciones espirituales mencionadas anteriormente y muchisimo más. Entonces, el desierto de tu corazón se convertirá en un oasis de vida.

 
 
 

   


 


 

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