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Written by
Manuel Riverón
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Saturday, 19 May 2007 |
Al
final de una siembra se recoge
una cosecha. Cosecha es la
recogida de los frutos o
alimentos sembrados. Puede ser
una recogida pobre o abundante.
El Señor siembra y recoge
abundantemente. Él es el dueño
de la viña. Él siembra y recoge
los buenos frutos. En el antiguo
testamento, cuando Dios se
refería a su pueblo lo hacía
como un viñero “mi viña”.
A
esa viña el Señor mandaba
trabajadores para que la
trabajaran, la cuidaran y
recogieran buenos frutos, buenas
obras. De esa manera agradaban
al dueño de la viña. Lo que no
daba buen fruto, se
arrancaba y se quemaba.
Entre ilustraciones o parábolas,
Jesús también narraba una
realidad de lo que era su pueblo
en relación con Él y lo que iba
a ser su Iglesia, el nuevo
pueblo que camina hacia la nueva
Jerusalén celestial.
Jesús explicó el mensaje del
Padre al pueblo escogido en la
representación de los doce
apóstoles. Cada uno representa a
una de las 12 tribus de Israel.
Estos hombres oyeron a su
maestro, el enviado del Padre.
Vieron sus obras y milagros.
Comieron y bebieron con Él. Era
una convivencia estrecha de día
y de noche durante casi 3 años.
Luego, llegó la pasión dolorosa
pero necesaria, la muerte y
resurrección de Jesús. Y su
maestro desaparece de la vista
de ellos, dejándolos llenos de
dolor, espanto, miedo,
desaliento...etc. En medio de la
confusión, los mantenía unidos
la virgen María, la oración y el
mandato de Jesús “manténganse
juntos” hasta que venga el
abogado defensor, el
Espíritu Santo.
El
Espíritu Santo
comenzaría a tomar un rol más
fuerte después que Jesús
partiera al Padre. Su función
sería la de proteger las
instrucciones dadas por Jesús,
formar, santificar y darle vida
a la Iglesia. Así ocurrió días
después de la ascensión o 50
días desde su gloriosa
resurrección.
Ahora vayamos a las Santas
Escrituras del antiguo
testamento para conocer la
fiesta de “Las Semanas” o la
fiesta de “la siega.” En
Levítico 23, 5-16 dice:
“Contareis siete semanas enteras
a partir del día siguiente al
sábado, desde el día en que
habréis llevado la gavilla de la
ofrenda mecida, hasta el día
siguiente al séptimo sábado,
contareis cincuenta días y
entonces ofreceréis a Yahvé una
oblación nueva.” En Deuteronomio
16, 9 dice “Contarás siete
semanas. Cuando la hoz comience
a cortar las espigas comenzarás
a contar estas siete semanas.”
En Tobías 2,1 dice “En nuestra
solemnidad de Pentecostés, que
es la santa solemnidad de las
semanas, la fiesta que señala el
fin de la cosecha de trigo.
Jesús es ese último trabajador
que el Señor envió a su viña
para sellar con su sangre el
pacto del Sinai y comenzar una
nueva alianza con su pueblo y
para todos los pueblos del orbe
terráqueo. La nueva alianza que
Jesús conquistó en la cruz tenía
que ir más allá de las fronteras
de Israel. Pero sus discípulos
necesitaban un impulso
sobrenatural, dones del altísimo
para que continuaran la labor de
Jesús junto a todos los hombres
y mujeres de todos los tiempos
hasta la segunda venida del
Mesías, nuestro Señor.
Jesús recoge su nueva cosecha no
solamente como un viñador sino
también como el nuevo Pastor
para guiar a su nuevo rebaño
hacia nuevos pastos. Al concluir
la siega, las siete semanas,
llega la abundancia espiritual
que necesitamos. Llega bajo un
soplo fuerte, un viento, una
ráfaga impetuosa que llenó toda
la casa donde se encontraban los
seguidores de Jesús. Nace así la
Iglesia, y todos quedaron llenos
del Espíritu Santo.
La
primera Iglesia recibió la
promesa del Padre y del hijo que
su pueblo estaría lleno del
Espíritu y verdad y que las
puertas del infierno no podrían
doblegarla, ni destruirla. La
nueva Iglesia, la universal
(católica) emprendió después de
los hechos de Pentecostés su
tarea evangelizadora a sangre y
fuego. La semilla de los
mártires de los primeros tiempos
no detuvieron la proliferación
del mensaje de fe, amor y
salvación que nos dejo el
maestro y que habría de
transformar las mentes y los
corazones de las nuevas
generaciones.
Hermanos(as), déjate llenar y
llevar por el fuego de Jesús en
la oración y en la Eucaristía,
alimentos de nuestras almas.
Acuérdate que todavía
necesitamos del perdón, de
reconciliarnos con nuestro
maestro y Señor. No pierdas
estas oportunidades para crecer
en santidad porque Jesús quiere
que su Iglesia (nosotros) sea
Santa, como El es Santo. Amen.
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