El mes de febrero tiene su
comienzo en el jardín celestial
del Edén, jardín del amor. Es
allí que nacen las dos alas de
la gloria humana: primero la
amistad y luego el amor. Es allí
donde se revela la primera
definición divina del verdadero
amor; no como lo presentan las
poesías ni las novelas (en
términos humanos) sino como lo
designó Dios, con una naturaleza
que mana de una realidad divina,
de una comunión celestial.
La historia
comienza así “...Interrumpiendo el
paso sincronizado de la creación,
entre un aire fresco, puro y divino
que corría suavemente entre los
árboles frondosos del Edén, de
repente entra en la escena vestido
de gloria y sencillez la imagen
divina del creador, el hombre en
todo su esplendor. Su gloriosa
entrada deja estupefacto a una
mariposa en pleno vuelo, la cual se
detiene a contemplar la
manifestación visible del amor
escondida en la desnudez de un
hombre y su semejanza al creador.
Jamás se había visto creación igual...murmuraban
las nubes...
Horas más tarde, su reflexión en
las cristalinas aguas del río se
pronunciaba detalladamente…era
un hombre sin manchas y sin
fronteras; un hombre libre sin
igual. Su cuerpo era el signo
más vivo y visible del amor, el
testigo por excelencia de su
misión...Hay una pausa...De
pronto de los jardines
celestiales se oye una voz, la
voz del creador: <> (Gen. 2:18).
Acto seguido, luego de un día
agotador, el. Mas si había visto
como durante el día y la noche
las bestias del campo se
comunicaban entre si, lo que
parecía un cariño y amor único,
algo que el comenzó a desear. ¡Qué
maravilloso!
Al día siguiente, este hombre se
despertó luego de una larga
noche de meditación. Tal vez esa
fue la noche más estremecida del
Edén ya que sus pensamientos y
el deseo de su corazón en el
silencio de la noche crearon
ondas de ruido como estallidos
de bombas. Ya no aguantaba más.
Ya no podía con su soledad.
Anhelaba con prisa proyectar en
su máxima expresión, su amor a
través de su cuerpo…por lo que
su Creador se compadece.
“Entonces Yahvé hizo caer en un
profundo sueño al hombre y este
se durmió. Y le sacó una de sus
costillas, tapando el hueco con
carne. De la costilla que Yahvé
había sacado al hombre, formó
una mujer y la llevó ante el
hombre. Entonces el hombre
exclamó: "Esta sí que es hueso
de mis huesos y carne de mi
carne. Esta será llamada varona,
porque del varón ha sido tomada.”
(Gen, 2:21-23)
Y cierra el día en una nota de
admiración y regocijo. Entre
preguntas y respuestas, nace la
primera amistad humana, base de
apoyo del amor....”
De la poesía a la realidad
Aunque esta historia tiene su
toque poético, es cierta en sus
ideas centrales. Desde el
comienzo, el amor se define en
una serie de pasos. El plan
original para la humanidad era
bueno, perfecto, glorioso, y
abarcaba lo necesario para
mantener al hombre y a la mujer
en la comunión perfecta del amor
por los siglos. Prueba de lo
mismo la encontramos en la
relación entre este hombre y su
mujer, o si prefieren le pueden
llamar pre-Adán y pre-Eva. Solo
imagínense cómo eran sus vidas
antes de pecar. Sus
conversaciones eran puras e
inocentes. Había una
compenetración increíble. Ambos
eran mejores amigos. Pensaban
casi igual. Compartían todo.
Dormían juntos. Se bañaban
juntos. En resumen, se amaban a
plenitud con amor divino. Pero
lo más bello de todo era su
lenguaje de pureza, la desnudez
que ambos compartían. Hasta que
entra el pecado en la escena y
todo se pervierte, se
distorsiona. Desde ese momento,
se manchan sus miradas. Se
corren las sonrisas de sus
labios. Se generan pensamientos
de resentimiento, odio, y
venganza, sentimientos humanos
que hoy día se siguen
experimentando. Fue en el Edén
que el mundo experimentó la
perversión más atroz de la
virtud más grande de todas, el
amor. Y pudiéramos estar peor si
Cristo no hubiera venido a
restaurar la distorsión del amor
por el pecado. Su venida abrió
de nuevo la puerta para entrar
una vez más al escenario
original aunque todavía no se
haya restablecido el amor a
plenitud. En otras palabras,
Jesús vino a cambiar la palabra
pasión desenfrenada y la lujuria,
por la palabra ágape-amor. Ya no
somos pájaros de una sólo ala
como éramos hace más de dos mil
años. Después de la resurrección,
aprendimos nuevamente a volar.
(Enseñanza basada en el libro
“Teología del cuerpo (por Juan
Pablo II) para principiantes”
por Christopher West .)
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