Daniel era un joven que
tenía muy pocos amigos…más
bien tenía algunos
“conocidos.” De ellos sólo
sabía su nombre y la
posición en la compañía
donde trabajaba. Sus
“conocidos” salían con él,
iban a la misma escuela,
jugaban deportes, se
llamaban por teléfono, pero
nunca la conversación tomaba
un tono profundo como
exponía elocuentemente y con
certitud el autor de dicho
libro.
Pero un buen día Daniel,
cansado de no tener un
verdadero amigo, se propuso
salir a buscarlo. Pero
pasaron dos semanas y con el
tiempo, también pasó el tema,
la búsqueda, y se olvidó de
todo. Pareciera haber sido
simplemente un arranque
emocional.
Volvió a pasar el tiempo y
un lunes, luego de haber
comenzado su jornada laboral,
fue presentado a un nuevo
compañero de trabajo. Ya
había escuchado algunos
comentarios que se habían
hecho respecto al
comportamiento de este joven.
Por ejemplo, unos rumoraban
que era callado, de mirada
profunda, y muy agradable;
otros mal interpretaban su
silencio para acusarlo de
zorro o de agente incubierto
para delatar a los que no
trabajaran. A pesar de la
diversidad de comentarios,
algo sí era cierto: este
joven tenía algo diferente.
Y lo comprobó tres semanas
luego de haber comenzado su
empleo ya que había
conquistado el corazón y la
confianza de muchos excepto
la de Daniel quien creía que
era otro más del montón, o a
lo mejor una ovejita vestida
de lobo. Por eso cuando el
muchacho se acercaba, Daniel
se alejaba. Esto era
producto de las malas
experiencias que había
acumulado durante su vida
cada vez que ofrecía su
amistad.
Un día, Daniel se enfermó.
Pasaron 7 días y pocos
fueron los que notaron su
ausencia. Entre esos estaba
este nuevo chico. De alguna
manera, el chico averiguó la
dirección de su casa y lo
visitó. Aprovechó el viaje y
trajo consigo el horario de
trabajo y sus dulces
preferidos. Daniel quedó
anonadado. Pero la relación
quedó igual que antes. Acto
seguido, Daniel se recuperó
y se incorporó a su trabajo...
En otra ocasión se le
descompuso el carro y pidió
un aventón (o ride) a tres
de sus compañeros de trabajo
pero todos estaban apurados
o tenían compromisos y no
podían. El chico se dio
cuenta de lo que estaba
sucediendo y se ofreció para
llevarlo a su casa. Mientras
tanto, aun Daniel no
entendía el por qué de tanta
amabilidad, tanto servicio,
tanta ayuda, a pesar de sus
rechazos y su indiferencia.
Por otro lado la pobreza se
agudizaba y la necesidad
crecía como la espuma en
casa de Daniel. Su mamá
estaba muy enferma y no
podía trabajar. Su papá se
había marchado cuando apenas
tenía 9 años, dejándolos a
el y a su hermano solos. Su
hermano era menor de edad y
no podía trabajar. Sólo
había un sueldo para
mantener la casa, cubrir los
gastos, comprar comida,
medicinas, y otras cosas.
Daniel trabajaba 40 horas y
estudiaba tiempo y medio en
la escuela. Producto de tan
difícil situación, el dinero
no le alcanzaba ni para
comer y al enterarse de esto,
el joven del trabajo le
envió un sobre anónimo con
dinero, que los ayudo
grandemente en la economía.
Pero…por otro lado, mientras
transcurría el tiempo, la
enfermedad de su mami se
agudizaba hasta que llegó al
punto de la hospitalización.
Daniel se sentía fatal, las
fuerzas le flaqueaban, ya no
podía más.
En el hospital, frente al
reloj que le sirvió de
testigo, el joven Daniel
lloraba y con su mirada
pedía socorro a gritos. De
pronto, luego de cabecear
varias veces y haberse
rendido al cansancio por
algunos minutos, notó al pie
de la cama de su madre, una
figura que la acariciaba.
Cuando despertó y pudo ver
con claridad, se percató que
era el chico del trabajo que
sonriendo le decía: <>Confundido,
agobiado, y en medio de
asombro se fue a descansar.
Al día siguiente, al entrar
por la puerta del cuarto,
Daniel se encuentra al chico,
quien había rezado toda la
noche, aun orando por la
pronta recuperación de su
madre. La escena lo conmovió
mucho.
Días después le dan el alta
a la mamá y Daniel estaba
muy feliz. Ya podía dormir
en paz. Camino a su
habitación, pensando que ya
el día había cerrado con
broche de oro, tropieza con
una mesa y cae el libro
Un verdadero
amigo en el
suelo. Lo recoge y al
levantarlo del piso quedó
abierto en la página 47
donde la frase siguiente
resaltaba<<...El amigo
sostiene en la tormenta;
siempre está a tu lado en
los momentos mas difíciles...>>.
Daniel cayó en sí, cerró el
libro y corrió a abrazar al
chico Josué. Entonces le
dijo: << ¿Tú quieres ser mi
amigo?>> El joven Josué
sonrió y acepto. Desde
entonces, donde va Daniel va
su amigo.
¿Te gustaría encontrar un
amigo con estas
características? Tal vez tú
como Daniel crees que es
imposible, porque muchas
veces te han decepcionado
aquellos que profesaban
lealtad y disponibilidad,
pero cuando se descompuso tu
carro nunca estuvieron
presente para ayudarte. Te
halagaron siempre con
palabras pero te ignoraron
con hechos. Conoces sus
nombres pero no sus
corazones. Sabes dónde viven
pero no para quién viven.
Sabes sus deseos pero ellos
los tuyos los desconocen. En
las vicisitudes de la vida
no te conocen y en la hora
del dolor no son hombros de
apoyos. Y lo que más duele
es que como Daniel, tenemos
necesidad de amigos porque
no somos seres hechos para
vivir en soledad o
aislamiento.
Esa fue la historia de
Daniel, la cual cerró con
broche de oro. ¿Por qué la
tuya no puede ser igual? ¿Te
gustaría conocer a un amigo
que nunca falla? ¿Te
gustaría confiar en alguien
tus problemas y
preocupaciones, sentir
consuelo y apoyo
incondicional, gozar de una
mano amiga siempre extendida
para socorrerte en los
momentos de tribulación? Si
tu respuesta es
Sí como lo fue
la mía, entonces sentiste la
misma necesidad de muchos
hombres y mujeres. Y
no...ese
amigo no
soy yo. Ese amigo del cual
te hablo se llama Jesús. Si,
ese Jesús del cual has oído
hablar muchas veces en la
Iglesia, en la calle, en el
grupo, sabes su historia, el
lugar de nacimiento, su
nombre, pero no sabes lo
tanto que te ama y quiere
ser tu amigo. Por eso, hoy
te invito a que abras tu
corazón a la verdadera
amistad y no tengas
miedo. Como Daniel
corre y abrázalo. Conócele.
Y recuerda: << quien ha
encontrado un amigo ha
encontrado a un tesoro.>>