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(Escrito
extraido de un correo electronico
cortesia de Jaime)
Cuando yo era niño casi no me
gustaba entrar a las iglesias que
estaban llenas de santos porque me
parecía que estaban tristes o que le
dolía algo y evidentemente que para
un niño esa imagen de tristeza o
dolor no era algo que le atraía para
nada. También observaba que algunos
santos estaban como si su mente
estuviera ida, como si vivieran
distraídos o al borde de un ataque
de epilepsia. Eso tampoco me
gustaba.
Ya en la adolescencia escuché a
alguien decir que todos los
cristianos debíamos ser santos. Les
confieso que no me gustó mucho la
idea porque no me parecía bien el
que yo debía tener una vida triste,
llena de dolor o que tuviera que
parecer una especie de lunático.
Como yo en
aquella época, hay mucha gente que
tiene una idea muy equivocada de la
santidad el día de hoy.
En esta
meditación intentaré hacerles ver
que la santidad es realmente algo
muy importante: buscaré esclarecer
en qué consiste la santidad, dar
algunas pistas para vivirla y
establecer la razón por la cual
todos debemos buscar ser santos, si
queremos alcanzar la salvación, si
queremos alcanzar la plenitud de
nuestra vida. En una palabra les
diré que el ideal de todo cristiano
es ser santo.
Primero
aclaremos que aquellas imágenes de
santos "raros" no corresponden a la
vida verdadera de aquellas personas
cuya imagen vemos en los altares.
Además le doy gracias a Dios que hoy
las imágenes van buscando hacerse
con aspecto más cercano a nosotros.
Si nos ponemos
a estudiar la vida de los santos nos
daremos cuenta de que comparten
algunos rasgos comunes: todos
experimentaron una gran alegría de
vivir, eran muy entusiastas, llenos
de energía interior y estaban
dispuestos a todo por ser personas
muy coherentes con sus convicciones.
Eran personas que conocían muy bien
la realidad y tenían muy bien
puestos los pies sobre la tierra y
su corazón en el cielo. Eran
personas muy amables, bondadosas,
amigables y atractivas. Poseía una
personalidad magnética. Eran
humildes, sencillos y con un gran
espíritu de servicio. Sabían
compartir y eran personas muy
maduras. Pero lo que más lo
distinguía era su profundo amor a
Dios y al prójimo, que las hacia
personas dispuestas a sufrir si era
necesario, pero sin perder la
alegría del corazón.
Ya desde aquí
podemos decir que exactamente lo
contrario de la santidad es la
tristeza, la amargura, la
desesperación, la falta de
entusiasmo y de energía; la
incoherencia, la hipocresía, la
maldad del corazón, la dureza de
sentimientos, el irrealismo y el
egoísmo.
Esta imagen de
santidad sí que es muy atractiva ya
que ¿quién no quiere ser una persona
alegre, contenta de vivir, positiva,
servicial, amable, sincera,
comprometida con su realidad y llena
de vigor espiritual? Se necesitaría
ser muy necio o estar mal para no
querer ser así.
La Iglesia nos
enseña que todos los cristianos
estamos llamados a ser santos. Y
¿qué quiere decir esto?
En primer
lugar tengamos en cuenta que desde
el momento de haber sido bautizados
Dios nos ha llamado a ser sus hijos
y a vivir entre nosotros como
hermanos. El nos ha constituido en
discípulos de su Hijo Jesucristo que
nos enseña el camino para ser hijos
auténticos de Dios y hermanos entre
nosotros ¡Estamos llamados a ser
divinizados! Leemos en 2
Pedro 1, 4: "y
también nos ha otorgado valiosas y
sublimes promesas, para que evitando
la corrupción que las pasiones han
introducido en el mundo, se hagan
partícipes de la naturaleza divina".
Los cristianos, "nacidos de Dios"
(Jn 1,12-13) tenemos como Padre a
Dios.
Incluso somos
hermanos de Jesús por ése mismo
bautismo, y por ende, si todos somos
hijos de un mismo Padre - que es
Dios - y todos somos hermanos de
Jesús, todos somos hermanos entre
nosotros. Y esto no es una alegoría,
es –permítaseme decirlo así –
ontológicamente un hecho, es una
realidad que afecta nuestro ser,
nuestra naturaleza.
Hoy,
afortunadamente, “existe una
mentalidad favorable a la
fraternidad. Estamos viviendo una
situación de contrastes tan
llamativos de vida y de muerte, de
abundancia y de miseria, de libertad
y de esclavitud, que se apela a la
fraternidad como salvación. Todavía
se cree en la fraternidad como el
rayo de esperanza en una sociedad
que busca solución y se la ve como
la que hoy tiene fuerza de
convocatoria”.
Sin embargo no
hay auténtica fraternidad donde no
hay filiación; la fraternidad de los
hombres, para ser real, necesita una
filiación que sea de todos y real,
no metafórica. Ahora bien, el que
somos hijos del Dios es una realidad
y esto es lo que posibilita que
nosotros los hombres que somos de
derecho (por gracia) hermanos
vivamos de hecho como hermanos.
Es sólo
viviendo en Cristo (ver primer tema)
como el hombre puede llegar a vivir
como verdadero hijo del Dios y
hermanos de los hombres (ver segundo
tema). Y en esto, precisamente,
consiste la santidad. Es santo el
que tiene por ideal llegar a vivir
como un auténtico hijo de Dios y un
gran hermano de los hombres. Y
renunciar a este ideal significa
renunciar a vivir verdaderamente.
Ahora veamos
que el ideal de la santidad
significa llevar una vida santa, y
si hablamos de vida, es inevitable
pensar que lo que está vivo está
llamado a crecer, ya que el
crecimiento y la maduración es una
nota esencial de la vida. La vida
sin crecimiento es una
contradicción.
El cristiano "está en Cristo" (2Cor
5,17), es "un hombre en Cristo" (2
Cor 12,2) por la participación de la
Pascua, y "vive en Cristo" (1 Cor
1,9; 1Jn 4,9).
Ahora bien,
esto no significa de ninguna manera
una realidad estancada, estacionada,
estática. Si hay algo dinámico,
verdaderamente dinámico, es
precisamente la vida cristiana ya
que tiene unos horizontes
ilimitados: el cristiano está
siempre en camino, siempre
creciendo, siempre renovándose,
siempre en revisión y en búsqueda de
mayor perfección de vida. La vida
nueva que le dio Jesús lo impulsa,
lo lleva actuar desde dentro, porque
lleva en su naturaleza la expansión
hacia la consumación total en Dios
después de la muerte.
(Encuentra la continuacion en la
parte II) |