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Arancha era una muchacha de 19
años que tenía muy preocupados a
sus padres. Había algún tipo de
misterio porque la chica decía
que no tenía dinero a pesar de
que sus padres le daban para sus
gastos. Le preguntaban: << ¿Hija,
qué haces con el dinero que te
damos? ¿En qué te lo gastas?>>
Ella no respondía, solamente
repetía que no le quedaba dinero.
Hasta que un día, el 23 de marzo,
cuando cumplían 25 años de
matrimonio Ramón y Begoña, los
padres de Arancha, se aclaró la
situación....Arancha se había
sacrificado por meses ahorrando
dinero, sufriendo regaños de sus
padres y sin salir con sus
amigas para poder otorgarles a
sus padres un fin de semana de
vacaciones en Mallorca con todos
los gastos pagados. Sus padres
le pidieron disculpas a Arancha
por haber sido tan injustos y
quizás mal pensados con ella.
Ese fin de semana que pasaron en
Mallorca Ramón y Begoña, fue el
mejor fin de semana de sus vidas.
Pero, ¿sería por la estadía de
ambos en Mallorca? No, aunque la
isla era hermosa, la razón
principal se llamaba el orgullo
de tener una hija tan
especial, una hija que fue
capaz de sacrificarse para que
sus padres fueran felices.
Arancha quiso demostrarle a sus
padres el agradecimiento por
todo el amor que ellos le habían
brindado toda su vida. (www.aciprensa.com
: “El regalo de la generosidad
filial)
El sacrificio de Jesús en la
cruz es el amor verdadero. Nos
dejó los regalos más preciosos
con la Institución de la
Eucaristía, Su Cuerpo y Su
Sangre. Él sacrificó todo lo que
tenía, sufrió insultos y
humillaciones, incomprensión,
abandono, todo por darnos a
nosotros unos boletos y estadía
con todos los gastos pagos a Su
Reino Celestial. La diferencia
está en que nosotros no sentimos
el agradecimiento de esta
entrega total como lo sintieron
los padres de Arancha. Hay que
hacerse la pregunta, ¿Sigo
siendo esa misma persona que
ignoró el sacrificio que Jesús
ha hecho por mí del mismo modo
que los padres de Arancha
ignoraban su sacrificio al
principio? ¿El sacrificio que
hizo Jesús valió la pena? ¿Con
mi estilo de vida, sigo
lastimando al Señor, clavándolo
de nuevo en la Cruz?
Cuando pasa la época de Cuaresma
con la celebración de la
Resurrección del Señor, muchas
veces se nos olvida las
lecciones que hemos aprendido en
nuestras semanas de oraciones,
ayunos y sacrificios. Todo
vuelve a la normalidad y
nosotros seguimos como si nada.
Seguimos con el mismo
materialismo, con la misma
rutina de siempre.
Desgraciadamente, este no es el
propósito de la Cuaresma y mucho
menos de la Resurrección de
Cristo. Si seguimos viviendo
como si Su Pasión y Muerte no
representaron nada para nosotros,
somos culpables de ser
indiferentes y fríos. El punto
central de nuestras vidas tiene
que ser el servicio a Jesucristo
de forma física, espiritual y
material. Como decía nuestra
queridísima Madre Teresa de
Calcuta: “El que no vive para
servir, no sirve para vivir.”
Puede ser que te parezcan duras
estas palabras, pero debes
preguntarte: Si yo muero ahora,
¿Habrá servido mi vida para
facilitarle la vida a alguien?
¿He hecho alguna diferencia?
Muchas veces uno piensa que ser
una persona exitosa significa
alcanzar las metas materiales:
ser propietario de una casa
lujosa con patio, una profesión
lucrativa, un carro caro del año,
un esposo o esposa adinerado,
tener hijos (no más de dos
porque nos quitan el tiempo),
etc. ¿Pero sabes qué? Las
revistas de la farándula están
repletas de artistas y otras
personas famosas que llegaron a
tener todas estas costas y
todavía se sienten vacíos. ¿Por
qué? Lo único que da la
felicidad es un corazón y una
vida entregada a Jesús. Todo lo
demás es pasajero; ese carro
algún día se romperá, algún día
los niños se irán de la casa, el
esposo o la esposa se va a morir
y la casa estará vacía. Sin
embargo, ¿qué permanece siempre?
Cristo Jesús.
Quitarle a Dios su puesto
central en la vida equivale a la
idolatría aunque nos parezca
increíble. ¿Cómo puede ser esto,
si yo no adoro a otros dioses?
Siempre voy a la iglesia todos
los domingos y no le hago daño a
nadie. Pues, se está rompiendo
este mandamiento cuando ponemos
a Dios en segundo lugar detrás
del dinero, las cosas materiales
y nuestras relaciones personales.
Al ser indiferentes al llamado
de Dios en nuestras vidas, somos
tan indiferentes como Poncio
Pilato lo fue cuando dijo: “Me
lavo las manos de este asunto”.
Jesús nos dice: Si alguno quiere
seguirme, que se niegue a si
mismo, que cargue con su cruz de
cada día y que me siga. Les digo:
el que quiera salvarse a si
mismo, se perderá; y el que
pierda su vida por causa mía, se
salvará. ¿De qué le sirve al
hombre ganar el mundo entero si
se pierde o se disminuye a si
mismo?” Lc 9: 23-25. Cristo NO
nos enseñó a ser personas
indiferentes y rutinarias. No
solamente con Su vida, sino
también con Su muerte, nos
enseñó a tener entrega total.
Cada gota de sangre que Él
derramó fue evidencia de esta
entrega. Por eso no es
suficiente con ir a la iglesia
todos los domingos, dar un dólar
en la colecta, quedarnos por una
hora, salir del estacionamiento
y seguir con la misma rutina de
siempre. Tiene que haber
entrega total.
El Camino del Calvario de Jesús
no pudo haber sido en vano. En
todo lo que hacemos, en cada
minuto del día, en el aire que
respiramos, tiene que estar Él.
En todas nuestras relaciones
cotidianas, en el trabajo, en la
escuela, en el hogar se debe
sentir el Espíritu Santo. Tus
amistades y familiares deben de
preguntarse: “¿Qué le sucede a
Pedrito o a Susanita? Es un
hombre o una mujer diferente. No
es suficiente estar presente en
la Casa de Dios si Dios no está
presente en nosotros. Si Jesús
pudo sufrir todo lo que sufrió
por nosotros, ¿no le debemos
algo? Dejemos de ser tibios y
sigámoslo. No le
dejemos más las sobras de
nuestro tiempo y dinero al
Señor. Si somos
capaces de dar nuestro tiempo y
dinero para tratar de alcanzar
el éxito en los estudios, en las
relaciones personales y en el
trabajo, ¿no merece nuestro
Señor Jesús que todo lo dio
mucho más?
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