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Written by
Carlos Coello |
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Tuesday, 23 October 2007
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Si existe una palabra en el
vocabulario de la lengua
española la cual yo detesto y
reprendo es la palabra
RINDETE.
Cuando pienso en dicha palabra,
pienso en derrota, pérdida,
falta de esperanza o fin de algo.
Para mi, dicha palabra es
sinónima de la frase “yo no
puedo.” Y los valientes,
escuchen bien, jamás se rinden.
Sin embargo y aunque parezca una
locura, hoy he decidido
suplicarte, implorarte y
exhortarte a que por favor te
rindas. Si, ríndete al
amor de Jesús. Basta ya de poner
resistencia. Déjate amar por el
amor de los amores.
Hay muchos católicos hoy en día
que todavía hacen lo imposible
por resistir al Señor.
Espiritualmente hablando, estas
personas son gente arisca,
escurridiza. Son personas que
han llegado al extremo de
derramar aceite en su espíritu
para que cuando Jesús los abrase,
ellos puedan resbalar y salir
huyendo. Tienen miedo dejarse
acariciar por el Señor. Tienen
miedo entregarles sus vidas.
Tienen miedo abrirle su corazón
e invitarle a ser su amigo, a
hablar y compartir con El. ¿Y
seguro que te preguntaras por
que?
Humanamente hablando, la
transición en la fe o conversión
es un proceso lento y doloroso.
Es lento porque existen muchos
obstáculos en el camino.
Doloroso porque cuesta
desapegarse de esos obstáculos.
También existen otros factores
dignos de consideración. Por
ejemplo, nuestra naturaleza es
frágil y corrupta. El miedo al
que dirán nos impide dar pasos
grandes o pequeños hacia Cristo.
Carecemos de fe de corazón y la
pereza espiritual nos mantiene
ciegos. Como nuestros amigos no
encuentran diversión en lo que
profesamos, tienden ha
abandonarnos y nosotros para
complacerlos dejamos al Señor a
un lado. Vivimos movidos por
sentimientos y no por fe. Cuando
no siento, me desanimo y me voy.
Y así sucesivamente hay cientos
de razones.
Quizás tú crees que no hablo de
ti ya que seguro tú vienes a
misa todos los domingos, asistes
a un grupo juvenil o de oración,
sabes hacer la señal de la santa
cruz, das un dólar en la colecta
dominical y de vez en cuando
practicas obras de caridad.
Quizás te viene a la mente
alguien con estas
características. Pues la
realidad es que todos cabemos en
el perfil descrito. Unos por
unas razones; otros por otras.
Por eso, todos estamos llamados
a rendirnos.
Rendirse significa abrir las
puertas de nuestro corazón de
par en par a Jesús. Es quemar
nuestro pasado y nuestro pecado,
desapegarse de las cosas
materiales y abrazar las cosas
espirituales. Rendirse significa
abrazar un fiad similar al de la
Virgen María sin medir las
consecuencias venideras. Es
vaciarse de uno mismo y llenarse
de Dios. Rendirse significa
asumir tu llamado de laico con
entereza, constancia, fe y amor.
Es dejar de poner excusas para
no participar en las actividades
de tu Iglesia. Es llegar de
primero a misa e irse de último,
levantarse con Cristo en la
mente y acostarse con una acción
de gracias en los labios.
Rendirse es celebrar con gozo
las riquezas de la Iglesia y
escuchar el llamado de los
pobres. Rendirse es amar la vida,
la humanidad, lo bello, lo digno,
lo admirable y lo justo.
Rendirse es permitirle a Dios
que molde nuestra forma de ser,
de pensar y de hablar ya sea a
través del dolor o de la fuerte
corrección. Es poner a Dios
Padre, hijo y Espíritu Santo de
primeros en tu lista antes de la
escuela, trabajo, gimnasio,
prácticas deportivas, dominó o
recreación personal y no de
segundo o ultimo. Es dejar a
Dios ser Dios y aceptar su
voluntad. Es poner nuestra
confianza solamente en el que
todo lo puede. En conclusión,
rendirse es que nos confundan
con Jesús porque ya nos
parecemos a El.
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