|
|
|
Written by
www.encuentra.com
|
|
Sunday, 04 May 2008 |
El Espíritu Santo, que Dios
había prometido a los profetas
para cambiar el corazón de los
hombres, ha llegado. "Recibid el
Espíritu Santo; a quienes les
perdonéis los pecados, les
quedan perdonados. . . " (Jn
20,21) . Pentecostés, cincuenta
días después de la fiesta
pascual, cincuenta días de
espera que se hacía cada vez más
intensa a partir, sobre todo,
del día de la Ascensión. Ha sido
un período de preparación al
gran acontecimiento de la venida
del Paráclito. El día de
Pentecostés, se rememora ese
momento en que se inicia la gran
singladura de conducir a todos
los hombres a la vida eterna,
actualizar en cada uno los
méritos de la Redención.
En efecto, con su venida, los
apóstoles recuperan las fuerzas
perdidas, renuevan la ilusión y
el entusiasmo, aumentan el valor
y el coraje para dar testimonio
ante todo el mundo de su fe en
Cristo Jesús. Hasta ese momento
siguen con las puertas
atrancadas por miedo a los
judíos. Desde que el Espíritu
descendió sobre ellos las
puertas quedaron abiertas, cayó
la mordaza del miedo y del
respeto humano. Ante toda
Jerusalén primero, proclamaron
que Jesús había muerto por la
salvación de todos, y también
que había resucitado y había
sido glorificado, que sólo en Él
estaba la redención del mundo
entero. Fue el primer
atrevimiento que pronto
suscitaría una persecución que
hoy, después de veinte siglos,
todavía sigue en pie de guerra.
Porque hemos de reconocer que
las insidias de los enemigos de
Cristo y de su Iglesia no han
cesado. Unas veces de forma
abierta y frontal, imponiendo el
silencio con la violencia. Otras
veces el ataque es tangencial,
solapado y ladino. La sonrisa
maliciosa, la adulación infame,
la indiferencia que corroe, la
corrupción de la familia, la
degradación del sexo, la
orquestación a escala
internacional de campanas contra
el Papa.
Las fuerzas del mal no descansan,
los hijos de las tinieblas
continúan con denuedo su afán
demoledor de cuanto anunció
Jesucristo. Lo peor es que hay
muchos ingenuos que no lo
quieren ver, que no saben
descubrir detrás de lo que
parece inofensivo, los signos de
los tiempos dicen a veces, la
ofensiva feroz del que como león
rugiente merodea a la busca de
quien devorar.
Pero Dios puede más. El Espíritu
no deja de latir sobre las aguas
del mundo. La fuerza de su
viento sigue empujando la barca
de Pedro, las velas multicolores
de todos los creyentes. De una
parte, por la efusión y la
potencia del Espíritu Santo, los
pecados nos son perdonados en el
bautismo y en la penitencia. Por
otra parte, el Paráclito nos
ilumina, nos consuela, nos
transforma, nos lanza como
brasas encendidas en el mundo
apagado y frío. Por eso, a pesar
de todo, la aventura de amar y
redimir, como lo hizo Cristo,
sigue siendo una realidad
palpitante y gozosa, una llamada
urgente a todos los hombres,
para que prendan el fuego de
Dios en el universo entero.
El Espíritu Santo, que Dios
había prometido a los profetas
para cambiar el corazón de los
hombres, ha llegado. Ahora
conocemos a fondo a Jesús y
nuestra conducta cambia. Ahora
no sólo hablamos de Jesús sino
que obramos como Jesús. Hemos
sido transformados, conocemos la
voluntad de Dios y poseemos la
fuerza para dar testimonio del
Evangelio. Tenemos una misión
que cumplir en el mundo y
contamos con la fuerza
suficiente para llevarla a cabo.
El Espíritu Santo es el amor que
nos estrecha con el Padre, con
Jesucristo y entre nosotros. Ya
no caben aislamientos,
segregaciones, sino comunión en
el amor. No divisiones, sino
unidad. San Agustín nos recuerda
que «cada uno de nosotros puede
saber cuánto posee del Espíritu
de Dios, según el amor que
siente por la Iglesia». Aún con
lodo, nuestro poseer el Espíritu
Santo no es tanto una realidad
acabada, cuanto una semilla en
evolución que alcanzará su plena
madurez cuando seamos
definitivamente transformados en
Cristo.
El Señor dijo a los discípulos:
Id y sed los maestros de todas
las naciones; bautizadlas en el
nombre del Padre y del Hijo Y
del Espíritu Santo. Con este
mandato les daba el poder de
regenerar a los hombres en
Dios.
Dios había prometido por boca de
sus profetas que en los últimos
días derramaría su Espíritu
sobre sus siervos y siervas, y
que éstos profetizarían; por
esto descendió el Espíritu Santo
sobre el Hijo de Dios, que se
había hecho Hijo del hombre,
para así, permaneciendo en él,
habitar en el género humano,
reposar sobre los hombres y
residir en la obra plasmada por
las manos de Dios, realizando
así en el hombre la voluntad del
Padre y renovándolo de la
antigua condición a la nueva,
creada en Cristo.
Y Lucas nos narra cómo este
Espíritu, después de la
ascensión del Señor, descendió
sobre los discípulos el día de
Pentecostés, con el poder de dar
a todos los hombres entrada en
la vida y para dar su plenitud a
la nueva alianza; por esto,
todos a una, los discípulos
alababan a Dios en todas las
lenguas al reducir el Espíritu a
la unidad los pueblos distantes
y ofrecer al Padre las primicias
de todas las naciones.
Por esto el Señor prometió que
nos enviaría aquel Abogado que
nos haría capaces de Dios. Pues,
del mismo modo que el trigo seco
no puede convertirse en una masa
compacta y en un solo pan, si
antes no es humedecido, así
también nosotros, que somos
muchos, no podíamos convertirnos
en una sola cosa en Cristo
Jesús, sin esta agua que baja
del cielo. Y así como la tierra
árida no da fruto, si no recibe
el agua, así también nosotros,
que éramos antes como un leño
árido, nunca hubiéramos dado el
fruto de vida, sin esta gratuita
lluvia de lo alto.
Nuestros cuerpos, en efecto,
recibieron por el baño bautismal
la unidad destinada a la
incorrupción, pero nuestras
almas la recibieron por el
Espíritu.
El Espíritu de Dios descendió
sobre el Señor, Espíritu de
sabiduría y de inteligencia,
Espíritu de consejo y de
fortaleza, Espíritu de ciencia y
de temor del Señor, y el Señor,
a su vez, lo dio a la Iglesia,
enviando al Abogado sobre toda
la tierra desde el cielo, que
fue de donde dijo el Señor que
había sido arrojado Satanás como
un rayo; por esto necesitamos de
este rocío divino, para que
demos fruto y no seamos lanzados
al fuego; y, ya que tenemos
quién nos acusa, tengamos
también un Abogado, pues que el
Señor encomienda al Espíritu
Santo el cuidado del hombre,
posesión suya, que había caído
en manos de ladrones, del cual
se compadeció y vendó sus
heridas, entregando después los
dos denarios regios para que
nosotros, recibiendo por el
Espíritu la imagen y la
inscripción del Padre y del
Hijo, hagamos fructificar el
denario que se nos ha confiado,
retornándolo al Señor con
intereses.
|
|
|