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Monday, 19 May 2008 |
La Iglesia profesa su fe en el
Dios único: que es al mismo
tiempo Trinidad Santísima e
inefable de Personas: Padre,
Hijo y Espíritu Santo. Y la
Iglesia vive de esta verdad,
contenida en los más antiguos
Símbolos de la Fe, y recordada
en nuestros tiempos por Pablo
VI, con ocasión del 1900
aniversario del martirio de los
Santos Apóstoles Pedro y Pablo
(1968), en el Símbolo que él
mismo presentó y que se conoce
universalmente como "Credo del
Pueblo de Dios".
Sólo el que se nos ha querido
dar a conocer y que "habitando
en una luz inaccesible" (1 Tim
6, 16) es en Sí mismo por encima
de todo nombre, de todas las
cosas y de toda inteligencia
creada. puede darnos el
conocimiento justo y pleno de Sí
mismo, revelándose como Padre,
Hijo y Espíritu Santo, a cuya
eterna vida nosotros estamos
llamados, por su gracia, a
participar, aquí abajo en la
oscuridad de la fe y, después de
la muerte, en la luz
perpetua.(Cfr. Pablo VI, Credo).
2. Dios, que para nosotros es
incomprensible, ha querido
revelarse a Sí mismo no sólo
como único creador y Padre
omnipotente, sino también como
Padre, Hijo y Espíritu Santo. En
esta revelación la verdad sobre
Dios, que es amor, se desvela en
su fuente esencial: Dios es amor
en la vida interior misma de una
única Divinidad.
Este amor se revela como una
inefable comunión de Personas.
3. Este misterio -el más
profundo: el misterio de la vida
íntima de Dios mismo- nos lo ha
revelado Jesucristo: "El que
está en el seno del Padre, se le
ha dado a conocer" (Jn 1, 18).
Según el Evangelio de San Mateo,
las últimas palabras, con las
que Jesucristo concluye su
misión terrena después de la
resurrección, fueron dirigidas a
los Apóstoles: "Id. y enseñad a
todas las gentes, bautizándolas
en el nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo"(Mt
28, 18). Estas palabras
inauguraban la misión de la
Iglesia, indicándole su
compromiso fundamental y
constitutivo. La primera tarea
de la Iglesia es enseñar y
bautizar -y bautizar quiere
decir "sumergir" (por eso, se
bautiza con agua)- en la vida
trinitaria de Dios.
Jesucristo encierra en estas
últimas palabras todo lo que
precedentemente había enseñado
sobre Dios: sobre el Padre,
sobre el Hijo y sobre el
Espíritu Santo. Efectivamente,
había anunciado desde el
principio la verdad sobre el
Dios único, en conformidad con
la tradición de Israel. A la
pregunta: "¿Cuál es el primero
de todos los mandamientos?",
Jesús había respondido: "El
primero es: Escucha Israel: el
Señor, nuestro Dios, es el único
Señor" (Mc 12, 29). Y al mismo
tiempo Jesús se había dirigido
constantemente a Dios como a "su
Padre", hasta asegurar: "Yo y el
Padre somos una sola cosa" (Jn
10, 30). Del mismo modo había
revelado también al "Espíritu de
verdad, que procede del Padre" y
que -aseguró- "yo os enviaré de
parte del Padre" (Jn 15, 26).
4. Las palabras sobre el
bautismo "en nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo",
confiadas por Jesús a los
Apóstoles al concluir su misión
terrena, tienen un significado
particular, porque han
consolidado la verdad sobre la
Santísima Trinidad, poniéndola
en la base de la vida
sacramental de la Iglesia. La
vida de fe de todos los
cristianos comienza en el
bautismo, con la inmersión en el
misterio del Dios vivo. Lo
prueban las Cartas apostólicas,
ante todo las de San Pablo.
Entre las fórmulas trinitarias
que contienen, la más conocida y
constantemente usada en la
liturgia, es la que se halla en
la segunda Carta a los Corintios:
"La gracia de nuestro Señor
Jesucristo, el amor de Dios
(Padre) y la comunión del
Espíritu Santo est con todos
vosotros" (2 Cor 13,13).
Encontramos otras en la primera
Carta a los Corintios; en la de
los Efesios y también en la
primera Carta de San Pedro, al
comienzo del primer capítulo.
Como un reflejo, todo el
desarrollo de la vida de oración
de la Iglesia ha asumido una
conciencia y un aliento
trinitario: en el Espíritu, por
Cristo, al Padre.
5. De este modo, la fe en el
Dios uno y trino entró desde el
principio en la Tradición de la
vida de la Iglesia y de los
cristianos. En consecuencia,
toda la liturgia ha sido -y es-
por su esencia, trinitaria, en
cuanto que es la expresión de la
divina economía. Hay que poner
de relieve que a la comprensión
de este supremo misterio de la
Santísima Trinidad ha
contribuido la fe en la
redención, es decir, la fe en la
obra salvífica de Cristo. Ella
manifiesta la misión del Hijo y
del Espíritu Santo que en el
seno de la Trinidad eterna
proceden "del Padre", revelando
la "economía trinitaria"
presente en la redención y en la
santificación. La Santa Trinidad
se anuncia ante todo mediante la
soteriología, es decir, mediante
el conocimiento de la "economía
de la salvación", que Cristo
anuncia y realiza en su misión
mesiánica. De este conocimiento
arranca el camino para el
conocimiento de la Trinidad
"inmanente", del misterio de la
vida íntima de Dios.
6. En este sentido el Nuevo
Testamento contiene la plenitud
de la revelación trinitaria.
Dios, al revelarse en Jesucristo,
por una parte desvela quién es
Dios para el hombre y, por otra,
descubre quién n es Dios en Sí
mismo, es decir, en su vida
íntima. La verdad "Dios es amor"
(1 Jn 4, 16), expresada en la
primera Carta de Juan, posee
aquí el valor de clave de
bóveda. Si por medio de ella se
descubre quién n es Dios para el
hombre, entonces se desvela
también (en cuanto es posible
que la mente humana lo capte y
nuestras palabras lo expresen),
quién es El en Sí mismo. El es
Unidad, es decir, Comunión del
Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo.
7. El Antiguo Testamento no
reveló esta verdad de modo
explícito, pero la preparó,
mostrando la Paternidad de Dios
en la Alianza con el Pueblo,
manifestando su acción en el
mundo con la Sabiduría, la
Palabra y el Espíritu (Cfr., p.e.,
Sab. 7, 22-30; 12, 1: Prov 8,
22-30; Sal 32, 4-6; 147, 15; Is
55, 11;11, 2; Sir 48, 12). El
Antiguo Testamento
principalmente consolidó ante
todo en Israel y luego fuera de
él la verdad sobre el Dios
único, el quicio de la religión
monoteísta. Se debe concluir,
pues, que el Nuevo Testamento
trajo la plenitud de la
revelación sobre la Santa
Trinidad y que la verdad
trinitaria ha estado desde el
principio en la raíz de la fe
viva de la comunidad cristiana,
por medio del bautismo y de la
liturgia. Simultáneamente iban
las reglas de la fe, con las que
nos encontramos abundantemente
tanto en las Cartas apostólicas,
como en el testimonio del
kerigma, de la catequesis y de
la oración de la Iglesia.
8. Un tema aparte es la
formación del dogma trinitario
en el contexto de la defensa
contra las herejías de los
primeros siglos. La verdad sobre
Dios uno y trino es el más
profundo misterio de la fe y
también el más difícil de
Comprender: se presentaba, pues,
la posibilidad de
interpretaciones equivocadas,
especialmente cuando el
cristianismo se puso en contacto
con la cultura y la filosofía
griega. Se trataba de "inscribir"
correctamente el misterio del
Dios trino y uno "en la
terminología del será", es decir,
de expresar de manera precisa en
el lenguaje filosófico de la
poca los conceptos que definían
inequívocamente tanto la unidad
como la trinidad del Dios de
nuestra Revelación.
Esto sucedió ante todo en los
dos grandes Concilios Ecuménicos
de Nicea (325) y de
Constantinopla (381). El fruto
del magisterio de estos
Concilios es el "Credo"
niceno-constantinopolitano, con
el que, desde aquellos tiempos,
la Iglesia expresa su fe en el
Dios uno y trino: Padre, Hijo y
Espíritu Santo. Recordando la
obra de los Concilios, hay que
nombrar a algunos teólogos
especialmente beneméritos, sobre
todo entre los Padres de la
Iglesia.
9. Del siglo V proviene el
llamado Símbolo atanasiano, que
comienza con la palabra
"Quicumque", y que constituye
una especie de comentario al
Símbolo
niceno-constantinopolitano.
El "Credo del Pueblo de Dios" de
Pablo VI confirma la fe de la
Iglesia primitiva cuando
proclama: "Los mutuos vínculos
que constituyen eternamente las
tres Personas, que son cada una
el único e idéntico Ser divino,
son la bienaventurada vida
íntima de Dios tres veces Santo,
infinitamente más allá de todo
lo que nosotros podemos concebir
según la humana medida" (Pablo
VI. El Credo.): realmente,
"inefable y santísima Trinidad -
único Dios!.
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