San Lucas
17,5-10.
Los
Apóstoles dijeron al Señor:
"Auméntanos la fe". El
respondió: "Si ustedes tuvieran
fe del tamaño de un grano de
mostaza, y dijeran a esa morera
que está ahí: 'Arráncate de raíz
y plántate en el mar', ella les
obedecería. Supongamos que uno
de ustedes tiene un servidor
para arar o cuidar el ganado.
Cuando este regresa del campo,
¿acaso le dirá: 'Ven pronto y
siéntate a la mesa'? ¿No le dirá
más bien: 'Prepárame la cena y
recógete la túnica para servirme
hasta que yo haya comido y
bebido, y tú comerás y beberás
después'? ¿Deberá mostrarse
agradecido con el servidor
porque hizo lo que se le mandó?
Así también ustedes, cuando
hayan hecho todo lo que se les
mande, digan: 'Somos simples
servidores, no hemos hecho más
que cumplir con nuestro deber'".
El Evangelio
de hoy se abre con la petición
de los apóstoles a Jesús:
«¡Auméntanos la fe!». En lugar
de satisfacer su deseo, Jesús
parece querer agudizarlo. Dice:
«Si tuvierais fe como un grano
de mostaza...». La fe es, sin
duda, el tema dominante de este
domingo. En la primera lectura
se oye la célebre afirmación de
Habacuc, retomada por san Pablo
en la Carta a los Romanos: «El
justo vivirá por su fe». También
la aclamación al Evangelio está
en sintonía con este tema: «Lo
que ha conseguido la victoria
sobre el mundo es nuestra fe» (1
Juan 5,4).
La fe tiene
distintos matices de
significado. Esta vez desearía
reflexionar sobre la fe en su
acepción más común y elemental:
creer o no en Dios. No la fe
según la cual se decide si uno
es católico o protestante,
cristiano o musulmán, sino la fe
según la cual se decide si uno
es creyente o no creyente,
creyente o ateo. Un texto de la
Escritura dice: «El que se
acerca a Dios ha de creer que
existe y que recompensa a los
que le buscan» (Hebreos 11,6).
Éste es el primer escalón de la
fe, sin el cual no hay otros.
Para hablar
de la fe a un nivel tan
universal no podemos basarnos
sólo en la Biblia, porque ésta
tendría valor sólo para
nosotros, los cristianos, y, en
parte, para los judíos, no para
los demás. Por fortuna, Dios ha
escrito dos «libros»: uno es la
Biblia, el otro la creación. Uno
está formado por letras y
palabras, el otro por cosas. No
todos conocen, o pueden leer, el
libro de la Escritura, pero
todos, desde cualquier latitud y
cultura, pueden leer el libro
que es la creación. De noche tal
vez mejor, incluso, que de día.
«Los cielos cuentan la gloria de
Dios, la obra de sus manos
anuncia el firmamento... Por
toda la tierra se extiende su
eco, y hasta el confín del mundo
su mensaje» (Salmo 19). Pablo
afirma: «Lo invisible de Dios,
desde la creación del mundo, se
deja ver a la inteligencia a
través de sus obras» (Romanos 1,
20).
Urge disipar
el difundido equívoco según el
cual la ciencia ya ha liquidado
el problema y ha explicado
exhaustivamente el mundo, sin
necesidad de recurrir a la idea
de un ser fuera de él llamado
Dios. En cierto sentido,
actualmente la ciencia nos
acerca más a la fe en un creador
que en el pasado. Tomemos la
famosa teoría que explica el
origen del universo con el «Big
Bang» o la gran explosión
inicial. En una millonésima de
millonésima de segundo, se pasa
de una situación en la que no
existe aún nada, ni espacio ni
tiempo, a una situación en la
que comenzó el tiempo, existe el
espacio y, en una partícula
infinitesimal de materia, existe
ya, en potencia, todo el
sucesivo universo de miles de
millones de galaxias, como lo
conocemos hoy.
Hay quien
dice: «No tiene sentido
plantearse la cuestión de qué
había antes de aquel instante,
porque no existe un "antes"
cuando aún no existe el tiempo».
Pero yo digo: ¡cómo no
plantearse ese interrogante!
«Remontarse a la historia del
cosmos --se afirma también-- es
como hojear las páginas de un
inmenso libro, partiendo del
final. Llegados al principio se
percibe que es como si faltara
la primera página». Creo que
precisamente, sobre esta primera
página que falta, la revelación
bíblica tiene algo que decir. No
se puede pedir a la ciencia que
se pronuncie sobre este «antes»
que está fuera del tiempo, pero
ella no debería tampoco cerrar
el círculo, dando a entender que
todo está resuelto.
No se
pretende «demostrar» la
existencia de Dios, en el
sentido que damos comúnmente a
esta palabra. Aquí abajo vemos
como en un espejo y en un
enigma, dice san Pablo. Cuando
un rayo de sol entra en una
habitación, lo que se ve no es
la luz misma, sino la danza del
polvo que recibe y revela la
luz. Así es Dios: no le vemos
directamente, sino como en un
reflejo, en la danza de las
cosas. Esto explica por qué a
Dios no se le alcanza más que
dando el «salto» de la fe.
[Traducción
del original italiano realizada
por Zenit]